A propósito de Lux Feminae - Zancada
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A propósito de Lux Feminae

por Luis Luna Matiz

 

La instalación de Santa Clara consistió en intervenir una buena porción de la nave central de una hermosa iglesia colonial en el casco antiguo de Bogotá. Era como bajar el cielo a la tierra. El artesonado morisco de la iglesia tan bellamente labrado se reflejaba en el acero de las 64 láminas espejo que coloqué en el piso. En este caso me interesó el tema del reflejo. Reflejo como fuente de sabiduría, como reflexión acerca de lo que refleja, como percepción de simultaneidad. Es en el reflejo de la superficie donde se encontrarán los millones de universos, y no deshojando una estructura hasta encontrar su núcleo. Es el reflejo quien dicta las asociaciones, similitudes y diferencias del mundo. Es el reflejo el que muestra La Variedad del Mundo. El resultado fue algo parecido a un pozo de agua en la nave central de esta iglesia del convento de clausura; y pensé en el acto de la inmersión como disolución de un ego, borramiento de fronteras y entrega a un cambio perpetuo.

En una época donde la tecnología y los medios han abarcado mucho de los ejercicios de percepción de sí mismo, es difícil encontrar un espacio al desarrollo espiritual. Da gusto ver cómo Peter Sloterdijk (de ahora en adelante S.), en su libro Extrañamiento del Mundo, trata este tema que parecía ya relegado por la intelectualidad al baúl de los recuerdos, al ámbito de las terapias psicológicas o de autoayuda; y es el de la transformación mística como arma evolutiva necesaria, no solo personal sino de especie.

Para S. “El hombre es el animal que no puede irse” (p.59) y en ese tratar de huir, sin memoria de su nacimiento, busca salidas permanentes a su estado, que se convierten en los pasos importantes del proceso de civilización. “La humanización solo es inteligible como la salida que el animal sin salida (el hombre) se procura hacia adelante… vástagos de la metáfora de la metamorfosis” (p.59).

Llama la atención la confrontación que hace Sloterdijk al hombre escéptico al considerar el tema de pensamiento metafísico como un poco “víctima de un racionalismo más bien estéril y auto adulador”. A veces va más allá, al asociar a una postura burguesa esa negación a una expansión de la conciencia, o, en sus palabras, a la ampliación del espacio interior cuyo triste final será sucumbir en su propio “hartazgo ininterrumpido” (p.120). Está claro que, lejos de identificarse con un nihilismo autoindulgente, nos recuerda a Nietzsche al oponer a una selecta minoría el estar cerrado a nuevos horizontes: “el poder abandonarse a fuerzas de reimpulso pertenece a las experiencias de los menos; el estar cercado por relaciones que cierran el horizonte a las de los más” (p.57).

 

*NOMADISMO ESPIRITUAL

En toda esa discusión menciona S., por supuesto, al desierto, para referirse al nomadismo espiritual; y es algo importante de abordar, porque de alguna manera este concepto de nomadismo espiritual es una derivación de la idea que cita del monje nestoriano del siglo VII, Isaac de Nínive, cuando habla de navegar por distintas islas y en cada isla entregarse a una oración. En este caso, es el hombre contemporáneo el que viaja a través de distintas cápsulas o espacios geográficos existenciales, culturales y espirituales, hasta conformar su universo vital; es él quien se asemeja al monje cruzando un desierto. El monje concentrado en sus oraciones las aborda como el navegante a las islas, para luego dejarlas y continuar hasta llegar a la “patria” o ciudad diversa.

 

ALBERGUE METAFÍSICO Y HUIDA

Como lo escribe S., citando a otro autor: “La era de albergue metafísico generaliza el hábito de la huida” (p.119). ¿A dónde van los monjes en una era sin monasterios? Para él también está claro que vivimos una época con pocos monjes y pocos monasterios. El hombre necesita huir. Y hacia adelante.

S. distingue entonces salidas sobre las que claramente se intuye que no son las únicas. En la primera se acerca a Bloch y al concepto de utopía: “su estructura se muestra como la de una generalizada huida del mundo hacia delante. Y esta puede mostrarse como mesuradamente mejoradora o utópica hasta el delirio” (p.115). Pero finaliza hablando de un peligro de euforia presuicida, como para distanciarse de esos ensayos utópicos de corte histérico: “se desbarata la aleación de huida del mundo con clara dinámica de progreso; se descompone en resignación y pánico, en realismo y apocalíptica, en conservadurismo y euforia presuicida” (p.115).

Acá quedamos más o menos en un limbo, sin saber si la huida vale la pena o es más bien una escapada a algo peor (histeria presuicida). Sin embargo, quizás la salida sea una cuestión, como menciona, “mesuradamente mejoradora” a nivel individual y única para cada uno, es decir, alejada de grandes retóricas y discursos generalizantes.

La segunda tesis frente a esta crisis de espiritualidad en Occidente remite a Raimon Panikkar (1918-2010), un pensador español hindú que trae en su agenda la filosofía oriental y permea la situación un poco sin salida del mundo occidental, que se trata de liberar de los excesos del consumo. Este habla de un “arquetipo universal” del monje, que desde sus distintos orígenes se manifiesta como “dialécticamente diverso, pero dimensionalmente idéntico”. Para Panikkar “la marginación de la vida monacal en occidente no debe considerarse como la extinción del potencial monástico…” (Extrañamiento del mundo, Sloterdijk, p.116).

S. lo cita cuando menciona que “en lugar de una huida del mundo se reconvierte en una celebración del mundo” (p.116). Desde todas estas revisiones y nuevas versiones del concepto espiritual, se manifiesta la tendencia de reconducir como “neo cosmopolitas” las energías de huida del mundo. Y este “neo cosmopolitismo”, a la luz de Panikkar, no sería más que una afirmación de la vida, una ética de amor al prójimo que tantos pensadores hindúes y occidentales han tratado.

S. entra entonces a tener en cuenta la “población mayoritaria intelectual de corte ateo”, dándole quizás un parte de tranquilidad, sacando al dicho “monje” del ámbito de las religiones y dejándolo simplemente como el “animal polivalente saliendo de su ruta”:

Si se quisiera hacer fértil el impulso de Panikkar para los sectores de humanidad protestantes y ateos habría que reservar el arquetipo monjil para una sicología o a cosmología filosófica de religión neutral. Por eso es plausible entender el fenómeno de monje como metáfora local y provisional de un problema capital a cósmico todavía no conceptuado. (p.118)

Dicho esto, ya no hay necesidad de hablar de monjes. ¿Cómo se organizan en una época posmetafísica las fuerzas orientadas al “traslado de morada?” Acá vale la pena enfatizar en dos puntos. Por un lado, en el concepto de transformación y tránsito, es decir, cambio de consciencia ante la “cadaverina de la cotidianeidad”.

Por otro lado, menciona —en un lugar común, coincidiendo quizás con cierta tradición filosófica— a la música como una salida: “Baste por el momento el apunte de que el desarrollo sin precedentes de la música occidental solo se puede comprender desde la necesidad de producir un sucedáneo de amplitud cultural convincente para el desierto perdido y el refugio monacal clausurado” (p.118). Acá se nos muestra la música; y en especial se señala la del siglo XVII y la de la primera mitad del siglo XIX “con su combinación de ascesis y tensión metafísica”, como ejemplos de huida muy populares entre los inconformes o acósmicos.

En los últimos cien años la música se ha establecido como el universal mediador de transición con el que la época sin desierto trata de abastecer su necesidad de huida del mundo. La ofensiva sonora artística contra el ruido del mundo exterior ha alcanzado en este siglo una intensidad sin par en la historia de la especie. (p.118)

Sin embargo, S. hace caer en cuenta de la paradoja que existe en la misma liberación del mundo interior proporcionada por el desierto, y la invasión a los “últimos vestigios de interioridad” que poseemos y que son ocupados por la “mediatización de la música”. Esto trae una “banal falta de mundo en cada casa y a todas horas del día” (p.119). Otra vez refiere la huida del mundo a las posibilidades que nos da la música al ser agente de distanciamiento de la realidad, aunque también, y como contraste de esta última, nos sirve para lanzarnos a un mundo de nuevos sonidos y posibilidades:

[…] desde que hay auriculares el principio de desconexión del mundo progresa en el moderno consumo musical también a escala de los aparatos. A partir de todo esto va siendo cada vez más próxima una evolución drogo teórica de todas las formas en ambientes más sutiles en la modernidad. (p.119)

Quedamos de alguna manera empoderados con estas tesis, quizás a crear y transformar esa cápsula sonora, o social o visual existencial ¡como lo haría un monje en el desierto!

Como siempre en sus libros S. nos deja botados en un océano de citas, asociaciones, conclusiones y fragmentos. Pero lo hace con su estilo particular, de manera que quedamos así motivados para buscar nuevos horizontes. Un filósofo como S. nos devuelve esa necesidad de reconocer en nosotros mismos ese otro yo que quiere salirse y de alguna manera sentir una experiencia de unidad con el universo siempre cambiante. Y para esto nos remite a los estilitas, nos pasa por Nietzsche. Pero hay algo muy renovador y novedoso en este rescate de la metafísica. Por un lado, la celebración de la huida del mundo en el mundo mismo…; es decir, la metamorfosis del hombre a partir del mismo hombre. Este es un punto, desde todos los ángulos, interesante. La percepción misma de la realidad impuesta por el individuo tiene el poder de variar la realidad misma como tal. El individuo está abocado a ser el creador de su realidad, de su universo. La realidad como tal es una posibilidad entre millones. Y lo que S. nos da es ese argumento, para sentir que podemos nadar en infinitas posibilidades a manera de ese monje estilita. Pero también nos priva de la certeza de que alguna de esas sea el final del camino o la tierra concluyente. Todo lo contrario, estamos destinados, como el asceta errante, a ir de desierto en desierto celebrando nuestra existencia. Este es a su vez el acto heroico por excelencia: ese personaje de la mitología griega que, a pesar de tener todas las condiciones dadas para caer, logra pararse y subvertir su realidad más allá de sus posibilidades. El malabarista recontextualizado.

 

OBRA CITADA: Sloterdijk, Peter. Extrañamiento del mundo. Valencia, Pre-Textos, 1998.