Falsa escuadra

Apuntes para una cartografía del desencuentro
por Sergio Delgado y Viviana Da Re

“Quien hoy pretenda combatir la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, debe superar, cuando menos, cinco dificultades. Debe tener el valor de escribir la verdad, aunque en todas partes la sofoquen; la sagacidad de reconocerla, aunque en todas partes la desfiguren; el arte de hacerla manejable como arma; el juicio de escoger aquéllos en cuyas manos resultará más eficaz; la maña de propagarla entre éstos. Tales dificultades son grandes para quienes escriben bajo el fascismo, pero existen también para los desterrados o prófugos y son válidas hasta para los que escriben en los países de la democracia burguesa”.
Bertold Brecht, “Introducción”, Cinco dificultades para quien escribe la verdad, 1934

Una escena.

Una escena-borrador de una obra en tres actos. Podría ser la escena del comienzo o la del final de la obra. Una escena imposible, escindida entre dos hemisferios, dos continentes, dos estaciones. Conviene aclararlo para que los escenógrafos y el público sepan –primera condición de la verdad– que la representación debe recurrir más a la imaginación que al espacio.

Personajes.

Son hermanas gemelas. Antes de que nacieran, sus padres habían decidido que les pondrían nombres mapuches. No conocían la lengua ni los significados de sus palabras, pero eligieron esos nombres porque les gustaba su sonoridad. Ignoraban, al nombrarlas, que inscribían en sus almas una rara contradicción: la mayor se llama AYELÉN, que significa alegría, pero también claridad o transparencia; y la menor AYLÉN que significa brasa.

AYLÉN es meteoróloga, pero trabaja de secretaria en un estudio jurídico. Vive en el gran Buenos Aires. AYELÉN estudió Historia, pero se dedica a la producción de manzanas y miel. Vive en la Bretaña francesa, en el interior del macizo armoricano. La Meteorología y la Historia, que ejercen cada una más bien en los ratos libres, en soledad, las salvan del vacío de la rutina y componen entre ellas una suerte de lenguaje común. Se diría que inventaron una nueva disciplina, para un uso personal, a medio camino entre el clima y el acontecer humano. Entre otras tantas cosas. Como gemelas han mantenido siempre, entre ellas, una comunicación especial, más allá de la distancia que separa los dos continentes en los que viven.

Entonces: hay personajes pero lo representado debe ser necesariamente autobiográfico. A las representaciones de la obra sólo pueden asistir hermanos gemelos o hermanas gemelas. Aunque se evoca un espacio y un tiempo más imaginario que real, durante la representación, al mismo tiempo que las actrices interpretan sus personajes, circulan videos o fotografías o dibujos o cartas o cuadernos aportados por el público que dan cuenta de sus propias historias compartidas. Estos materiales irrumpen en la escena. Son huellas superpuestas de experiencias gemelares que superponen, en el momento de la representación, memorias ajenas Las mismas repercuten como ecos biográficos en las actrices. Los personajes-personas habitan cada uno en su estación (primavera Aylén, otoño Ayelén) pero en busca sin descanso de un espacio-tiempo común. En un mundo exterior violento y en permanente desagregación, ese espacio-tiempo debe inventarse día a día.

El espacio escénico está construido de una manera expresionista. Tiene ondulaciones, es inestable, no hay proporción entre los objetos, los personajes y los muebles: mapa gigante extendido en el piso, ventana inclinada y estrecha, montañas, bosques y flores pero de tamaños desproporcionados, canto lejano de pájaros, ruido del mar.

AYELÉN y AYLÉN se encuentran en el centro del escenario. Se miran pero no se ven porque cada una está en un espacio y un tiempo distintos. AYLÉN viste un vestido floreado, liviano. Y lleva sandalias. Usa flequillo y tiene el cabello largo y oscuro, con reflejos de color violeta. Apenas comienza la primavera y ya hace calor. AYELÉN viste un pullover abrigado, vaqueros, botas y una boina.

Hace mucho frío. Es otoño pero se anticipó el invierno. Usa el cabello corto y desmechado con reflejos dorados.

AYLÉN: No sé, Ayelenita, no sé. ¿Viajar para allá? ¿Ahora? No sé. Tendría que organizarme… Es un lío y en el laburo… las cosas no están bien. Aunque me pagues el pasaje… Soy meteoróloga pero no vivo del aire (se ríe fuerte). Además es primavera, si vieras mis salvias, las lantanas, la Santa Rita… Ah, si vieras las Santa Rita del barrio. Ayer salí a caminar. Es una fiesta violeta, una fiesta lila… ¿No nos hablan esas flores aéreas? ¿No nos miran? Si me hubieran visto, deberían estar comentando todavía mi sonrisa de oreja a oreja…

…Todo está abriéndose, despertando a la vida (se asoma por la ventana, un colibrí está libando las flores azules de las salvias). Si vieras los colibríes que visitan el jardín.

(AYLÉN muestra a AYELÉN un video que acaba de registrar en su jardín. Allí se ve un colibrí libando en las flores de la Salvia guaranítica. Desde la ventana, a través del mosquitero, en la luz del alba, el violeta tornasolado de la flor y el pájaro sólo se distinguen por el movimiento. Lujuria breve pero intensa entre flor y pájaro).

El Colibrí

AYLÉN: Dicen que las flores de las especies nativas atraen especialmente a colibríes y mariposas.

AYELÉN: Me encanta el término “especies nativas”… En el gran Buenos Aires la Salvia guaranítica no es muy nativa que digamos…

AYLÉN: Es cierto, pero pensá que las mariposas y los pájaros viajan muchos kilómetros con los cambios de estación. Son, por lo menos, sudamericanos.

AYELÉN: Sí. No llegan muy lejos tampoco. ¿Sabías que no hay picaflores en Europa? No se encuentran ni siquiera en la región mediterránea, donde podrían crecer y expandirse a sus anchas.

AYLÉN: No sabía.

AYELÉN: Deberías saberlo, vos que sos meteoróloga. ¿Ves que tenés que venir? Los colibríes son muy pequeños para atravesar un océano y no soportan el frío del Norte. En los siglos XIX y XX se hicieron muchas experiencias, sin éxito, para tratar de reproducirlos en cautiverio y para llevarlos a Europa. John Gould, un ornitólogo apasionado por los Humming-Birds, tenía una colección en Londres de más de 300 especies embalsamadas. Con Elisabeth, su esposa, litografista, trabajaron horas, días, años tratando de imaginar el vuelo de estas aves. Hicieron varios libros juntos. Miles de dibujos. Viajaron a Australia, a Tasmania, donde nació su primer hijo, y allí tampoco encontraron colibríes.

Gould recién los vio volar, en vivo, mucho tiempo después. Tenía casi 60 años cuando pudo finalmente viajar a América del Norte. Su esposa había fallecido y aquella mañana del 21 de mayo de 1857, en que contempló por primera vez el vuelo de ese extraño objeto de su deseo, sintió los ojos de ella mirando con los suyos. Habían imaginado juntos ese vuelo durante tantos años. Lo habían dibujado, lo habían soñado, lo habían hecho palabras, pero nada pudo igualar la impresión que tuvo aquella mañana.

AYLÉN: Sí, lo comprendo. Me pasa cada vez. Y siempre es la misma sensación, cuando viene un colibrí a casa, como de un estado de gracia, de un regalo de la naturaleza, de un mensaje.

AYELÉN: El pobre John Gould hubiera dado su vida para que un colibrí visitara su jardín todas las mañanas. ¿Sabés que llevó a Londres varios casales? Los tenía en su gabinete y en su jardín de invierno. Recibían más atenciones que los corgis de la reina. Gould les daba de comer, en su mano, una mezcla cuidada de miel y extractos de néctar de flores. Pero no duraron más de un mes. Puede deducirse de la experiencia, escribió Gould en el dolorido y escrupuloso informe que elevó a la academia de ciencias, que dado que los colibríes americanos llevan tantos miles de años en ese ecosistema, las flores deben haberse adaptado a ellos… Y viceversa. En cambio las flores europeas están adaptadas a abejas y mariposas… Por la forma de sus pétalos, ¿no?, pero también por la delicada mezcla que ofrece el néctar de sus cálices… Por eso, concluye Gould, no sobrevivieron… Aunque, agregó en un enigmático corolario, “sigo sin saber si murieron de hambre, de frío o de tristeza”. (AYELÉN pasea por la habitación, se acerca a la estufa, se frota las manos): Y acá todo se cierra: las hojas, las flores, las colmenas… Es duro el invierno en el Norte… Todo se cierra… ¿Te acordas de ese Ginkgo del que te mandé fotos este verano de acá, el que siempre visito en el parque? Hoy comenzó a amarillear.

AYLÉN: Ay… pasame una foto.

AYELÉN: Ahí lo tenés… mi viejo amigo.

AYLÉN: Pero… se lo ve muy saludable.

AYELÉN: Fijate bien… entre las ramas, entre las hojas comienza a anunciarse el otoño.

(AYELÉN le pasa otra foto y espera unos segundos para que AYLÉN la observe. Puede sentirse su silencio. Su respiración).

AYELÉN: Ahí… en la punta de esa rama, ¿la ves? (Sigue esperando, pero AYLÉN permanece en silencio)… ¿Te fuiste?

AYLÉN: No, acá estoy… mirando.

AYELÉN: ¿Ves? Así empieza, mi pobre viejo, a despedirse. Esta foto la saqué hace un rato, esta misma tarde. Ya se siente. Todos los años, en una semana determinada que será pronto, el sol baja a sus hojas e ilumina de oro sus brazos, sus manos y sus ojos. Dura apenas unos días esa llamarada, pero disfruto como una condenada su fugacidad luminosa. Después, una noche de esas, sopla un viento, y al otro día el amarillo alfombra el suelo a los pies del árbol. Gingko se queda así, con sus ramas desnudas, llorando miseria. En los días, meses que siguen, suelo acercarme hasta su tronco y apoyar mi mano en su espalda como haciéndole compañía. Comienzo a preguntarme, como vos, si los árboles sienten cuando los acariciamos, cuando los admiramos (sonríe para sí misma).

AYLÉN (mientras acaricia con los pies a su gato): ¿Crees realmente que las plantas sienten, que la naturaleza es sensible? O lo decís para chicanearme…

AYELÉN: Lo digo en serio. (AYLÉN se sonríe, escéptica)… ¿No me creés? Si me vieras, consolando al árbol. Y no soy la única.

Hay una mujer, la llamo la “Dama del Plátano”, que hace lo mismo.

Llega hasta otro árbol centenario del parque y se queda a su lado como quien visita a un amigo. Lo mira, lo acaricia, lo acompaña durante horas… Se diría que conversa con él. Mentalmente, sin palabras. Viste siempre de negro. Me pregunto qué historias se cuentan. Le saqué una foto para capturar ese instante porque hay algo mágico en esos encuentros.

AYLÉN: En todo caso, me alegra haberte convencido.

AYELÉN: Nunca dije lo contrario.

AYLÉN: ¿No? No sé… Me pareció que antes pensabas distinto.

AYELÉN (con una sonrisa pícara): ¿Pensar distinto, nosotras?

(AYLÉN se queda un momento pensativa, en silencio. No sabe realmente si su hermana habla en serio o le está “tomando el pelo”).

AYLÉN (como para sí): A veces tengo la sensación de que conversamos sin palabras, como en una dimensión paralela. Ahora mismo me parece que estas preguntas ya te las dije en un sueño… que ya soñé preguntándote esto: ¿habrá comprendido ese viejo Gingko, hace 300 años, cuando lo arrancaron del Japón, el transplante? Y estas “plantas nativas” americanas, como las Salvias guaraníticas… ¿Habrán sentido el dolor del destierro cuando las llevaron a Europa para adornar con sus colores los jardines reales?

AYELÉN (resopla): Bué… Insisto: ¿plantas nativas en el conurbano? No sé si sabés que la “Santa Rita”, la Bougainvillea glabra, fue recogida en Brasil por el naturalista explorador Louis Antoine de Bougainville durante su viaje alrededor del mundo. Así llegó la planta a Europa y se expandió de una manera exponencial. En el norte es rara, pero a medida que se va hacia el Mediterráneo, el paisaje es una explosión violeta y blanca. La Santa Rita es una flor del Sur.

AYLÉN (sigue jugando con su gato): No, Aye, no sabía. Acá la que sabe de historia sos vos. Y al parecer también de ciencias naturales… hermanita S-A-B E-L-O-T-O-D-A (remarca cada sílaba). Será porque naciste primera y se supone que sos la mayor. Para la ley es así..

AYELÉN: ¿La ley?

AYLÉN: El código civil argentino, según uno de los abogados del estudio donde trabajo, establece que la mayor es quien nació primero. Pero el mito dice que la que nace primero fue la última en ser concebida.

AYELÉN: La ley y los dioses nunca se ponen de acuerdo.

AYLÉN: Eso… sumado a lo mandona que sos… De todos modos, los cuervos y los dioses están de tu lado (se ríe, pero enseguida se pone seria y permanece un momento pensativa). No, hermanita… No puedo ir. No ahora. Soy una “especie nativa”…

AYELÉN (se sienta y mira el libro de ornitología de Gould que tiene en la mano: mira sobre todo las ilustraciones): Me alucina el término “especies nativas”… En el gran Buenos Aires, la salvia guaranítica o la santa rita son tan nativas como un tulipán o un narciso. ¿No sentirán las salvias y los colibríes nostalgia de la selva misionera? (Cierra el libro. Se queda pensativa, como si fuera al encuentro del silencio de su hermana): Dale, qué te cuesta… Te mando el pasaje. Tampoco tiene que ser “ya”… Podés tomarte unas semanas… Pero estaría bueno que pudiéramos pasar las fiestas juntas.

(AYLÉN no dice nada. Sigue acariciando el gato, pensativa. AYELÉN se prepara un café. Se siente el olor del café recién hecho. AYLÉN levanta la cabeza como oliendo el aire.)

AYLÉN: ¿Qué hacés?

AYELÉN: Preparo café… ¿Querés?

AYLÉN (sonriendo con ternura): Preferiría un té con miel. ¿Qué tal tus abejas?

AYELÉN: Hasta ayer estuvieron trabajando como locas, juntando miel para pasar el invierno. Hoy vino el frío y al parecer se encerraron… Las pocas que daban vuelta explorando el vacío me miraron como despidiéndose. No sé si las plantas tienen sentimientos, pero mis abejas te aseguro que sí. Cuando yo me acerco, zumban y bailan a mi alrededor… Nunca me pican. Tenés que venir a conocerlas. Te van a adorar, ellas comprenderán que sos como mi otro yo. Van a percibir que tenemos los mismos cromosomas. Son agresivas, pero sólo pican a los extraños… ¿Venís? ¿Sí?

AYLÉN (resoplando con fastidio): Ufff, ¡dale con lo mismo! Ya lo hablamos, Ayu. Ya sabés que tengo mis raíces bien aferradas a esta tierra. Soy como el colibrí que no sale de América. ¿Cómo podría? Con todo el trabajo que tengo por delante… Si es, como dicen, que los colibríes van de flor en flor buscando las almas de los seres queridos para llevarlas al cielo… Alguien tiene que ocuparse, ¿no?, de esas almas. Me dirás que estoy esquivando el tema y me escapo por la tangente. Vos vas de acá para allá como una golondrina. Te admiro pero yo no puedo seguirte. Viajar me abruma: necesito mis cosas, mi jardín, mis plantas, mi RUTINA.

AYELÉN (pensativa): Pero antes vos no eras así. Acordate cuando trabajabas de meteoróloga. Te desplazabas por todo el país, viajabas a otros países. Necesitabas ver todo, palparlo todo… “El cielo es el mismo en todas partes, pero en cada lugar es distinto”, decías. Y me enseñaste a comprender que el viento no sopla siempre del mismo modo, que cada viento es algo único, ligado a un territorio, adaptado a determinadas circunstancias climáticas, a cada una de las alternativas de su paisaje. Es imposible globalizar los vientos, decías. Y no se pueden observar en un mapa o un gráfico. La semana pasada, nomás, me hablabas del Pampero que limpia y refresca ese calor pegajoso de Buenos Aires, que despeja el aire y lo vuelve transparente. Me pasaste un video, ¿te acordás?

El Pampero entre las salvias

AYLÉN (escuchando el viento, la vista gacha): Sí, claro que me acuerdo. Eso fue al comienzo de la primavera.

AYELÉN: …Y aquella vez en Catamarca, ¿te acordás? En la ciudad soplaba el Zonda y vos subiste al Balcón del Pissis con tu camioneta y empezó a soplar el Viento Blanco. Te salvaron unos mineros que te vieron pedir ayuda con la nieve tapando el capot. No le tenías miedo a nada ni a nadie. Éramos iguales, el mundo era nuestro.

AYLÉN: ¡Quién sabe de quién es el mundo hoy!

(AYELÉN enciende un velador porque en Bretaña anochece. AYLÉN se vuelve hacia la fuente de luz, sorprendida, como si su fogonazo le hubiera pegado en el ojo).

AYELÉN: Dale, Ayluchita, vení a verme. La vamos a pasar genial. Desempolvá las valijas y sacudite el entumecimiento que te inmoviliza. Vení a ver cómo sopla el Bóreas desde el oeste atlántico y entra en esta meseta armoricana cargado de lágrimas; cómo viene el Zéfiro desde el norte sajón con esos extraños acentos metálicos; cómo el Mistral fragante de lavandas sacude en la costa azul los ojos de los olivos; cómo el trasmontana se enreda en los entresijos de los Pirineos, asustando hasta a los lobos; cómo el Levante atraviesa el Mediterráneo hacia las costas de África, sacudiendo las balsas migrantes… Vení a verlos, vení a sentirlos.

AYLÉN (hace un gesto de amargura): Hermana querida: ojalá pudiera volar como vos pero… ¿Quién va a cuidar a mis muertos si yo me voy? ¿Quién llevará sus almas con un beso hacia el cielo? ¿Los abandono? Alguien tiene que quedarse… Porque seguirme, no pueden, ni las almas, ni los colibríes. ¿Sabés que sueño seguido con ellos? Sueños hermosos, de reencuentros alegres. También sueño que escribo. Bah, como siempre, sueño de todo y me acuerdo mucho de los sueños. Ya tengo práctica. Me despierto y zás… Los escribo en mi Libretita de los Sueños. O los grabo en audios y después los transcribo. Me acabo de acordar de un sueño que tuve anoche en el que recitaba un poema. ¿Yo, poeta? (se ríe) Sólo en sueños… Y tenía hasta título, se llamaba “Falsa escuadra”.

AYELÉN (curiosa): ¿Cómo era el poema?

AYLÉN (intentando recordar): No lo sé. Lo olvidé. Aunque me parece que tampoco lo supe en el sueño. Mientras lo soñaba, existía. Pero sin palabras. Como una música o una pintura.

AYELÉN: En falsa escuadra

AYLÉN: Sí, digamos… La idea de falsa escuadra, para mí, ahora que la pienso, es la de algo que no termina de armonizar, algo que debería encajar perfectamente en un lugar pero no lo logra. Algo que debería ir en una dirección determinada… Y vos lo ves de lejos, muy encaminado, casi, casi perfecto, pero no, porque en un breve instante, se desvía.

AYELÉN: ¿Se desvía? ¿En el sueño o ahora?

AYLÉN: En el sueño, claro, pero también ahora, que de pronto lo recuerdo. Como que el recuerdo del sueño hubiera estado esperando esta oportunidad. De alguna manera encaja con esta conversación sobre hemisferios, continentes, mundos, vientos y pájaros. También sobre vos y yo. También sobre nosotras, ¿sabés? Algo hace que no podamos coincidir ni en el tiempo ni en el espacio. En meteorología le decimos cizalladura. Porque el viento, o la lluvia no son fenómenos uniformes, tienen muchas capas. El aire no se mueve siempre igual. Se acelera y nace una tormenta, se desacelera y llega la calma, gira y produce un ciclón. Quizás hay algo en nosotras que está como fuera de lugar. En falsa escuadra.


Nota final: 
Las ilustraciones son de John y Elisabeth Gould y fueron tomadas de A Monograph of the Trochilidæ, or Family of Humming-Birds, Henry Sotheran & Co., London, 1887. El montaje pertenece a Nicholas Rougeux. Hay una edición en línea del libro de los Gould: https://www.c82.net/hummingbirds/
Las fotografías y videos pertenecen a archivos particulares y fueron aportados por los autores, las actrices y el público.