Palindromía Toponímica Sudamericana - Zancada
21377
post-template-default,single,single-post,postid-21377,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,select-theme-ver-4.1,menu-animation-line-through,wpb-js-composer js-comp-ver-5.2,vc_responsive

Palindromía Toponímica Sudamericana

por Vicente Mario di Maggio

 

Toda introducción a la palindromía comienza explicando que palíndromo, palabra griega, quiere decir “correr de nuevo”, y que este curioso género literario trata de palabras o frases especulares que pueden leerse del mismo modo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Como ejemplo podemos decir que el verbo RECONOCER posee, en este aspecto, una exacta simetría con la N como eje.

El palíndromo goza de variados sinónimos: jánico, por sus dos caras; sotádico, en honor a Sótades, el poeta griego a quien se le adjudica el inicio de las composiciones palindrómicas; cáncrico y karcínico, en comparación con el cangrejo que camina para atrás. Algunos lo denominan palabra o frase retroactiva (esta última atribuida al escritor Enrique Alatorre) y, finalmente, capicúa, del catalán, cap i cua “cabeza y cola”; lo que nos lleva a pensar en el palíndromo catalán CATALÀ, A L’ATAC! (“¡Catalán, al ataque!) y aquel otro en castellano: A LA CATALANA BANAL, ATÁCALA.

Para dar flexibilidad a tan riguroso arte, en el palíndromo se pasan por alto los acentos, signos y puntuaciones, o más bien puede recurrirse a ellos para darle gracia a la oración sin que se exija que estos sean especulares dentro de la frase.

El gran obstáculo del palíndromo en lengua castellana es la conjunción y pronombre relativo “que”. Por eso palíndromos de sesentaisiete palabras como este del palindromista Ricardo Ochoa se vuelven proezas de la lengua:

 

Adivina ya te opina, ya ni miles origina, ya ni cetro me domina, ya ni monarcas, a repaso ni mulato carreta, acaso nicotina, ya ni cita vecino, anima cocina, pedazo gallina, cedazo terso nos retoza de canilla goza, de pánico camina, ónice vaticina, ya ni tocino saca, a terracota luminosa pera, sacra nómina y ánimo de mortecina, ya ni giros elimina, ya ni poeta, ya ni vida.

 

Juan Filloy (1894-2000), seguramente el palindromista más conocido de la Argentina, aseguraba que el castellano nos ofrece -palindrómicamente hablando- posibilidades infinitas, ya que su morfología facilita la tarea. No estamos seguros de que tal aseveración posea algún rigor con respecto a otras lenguas. Filloy reconocía que “nuestro léxico” opone obstáculos que “se resisten a la marcha al revés”, es decir, se resisten a correr de nuevo. Oponen su mala voluntad. Efectivamente, aparte del vocablo que, aquellas palabras integradas por ch, x, k, w, más las combinaciones como mb, rt, xc, nt, determinan para el palíndromo castellano vallas, si no insalvables, difíciles. Son estos obstáculos los que nos hacen dudar de la certeza del cordobés en cuanto a la virtud de nuestro idioma oficial.

Pero Filloy no estaba solo. Augusto Monterroso (1921-2003) afirmaba en su ensayo ONÍS ES ASESINO que “nuestro idioma parece ser particularmente propicio para el juego de palabras”. Luego de nombrar a Gracián, Calderón de la Barca y el menos conocido Arniches explica que nosotros, los americanos, “heredamos de los españoles este vicio”. Se refiere al vicio del ingenio, el que nos lleva a interrumpir una conversación seria con una gracia. Finalmente, suspira, son pocos los que llevan ese ingenio a lo que escriben.

Monterroso, que define al arte que nos ocupa como “palíndroma”, describe a un grupo de escritores “ociosos” que se reunían papel en mano y mirada al techo para encontrar en silencio durante tardes y noches “los palíndroma”. Estos eran, aparte del autor, el guatemalteco Carlos Illescas, el nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez y los mexicanos Juan José Arreola, Enrique Alatorre y Rubén Bonifaz Nuño.

Para Monterroso, Illescas se llevaba la palma de la palindromía, género al que describe como “deporte” y elogia seis de sus hallazgos: AMAN A PANAMÁ / ADELA, DIONISO: NO TAL PLATÓN, O SI NO, ID A LEDA / SOMOS LAICOS, ADÁN; NADA SOCIAL SOMOS / DAMAS, OÍD: A DIOS AMAD / SI NO DA AMOR ALAS, SAL A ROMA, ADONIS y, finalmente, aquel que da título al ensayo ONÍS ES ASESINO. Luego registra el de Bonifaz Nuño: ODIO LA LUZ AZUL AL OÍDO; y el aún más extenso de Alatorre: ¡RÍO, SE SAETA! SAL, SARTRE, EL LEER TRAS LAS ATEAS ES OÍR. Finalmente, el de Arreola: ETNA DA LUZ AZUL A DANTE.

El palindromista español Víctor Carbajo es seguramente el creador más prolífico de la lengua. Compuso, según su registro, 93.087 palíndromos. En su libro “181.181 palíndromos españoles” se ocupa de la enorme tarea de recopilar sus textos y la de otros autores que, en un rápido conteo, podemos advertir que no superan la mitad de los que suma su propia obra.

Dentro de “palíndromos españoles” Carbajo integra aquellos creados en lengua castellana por Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Filloy, el cubano Guillermo Cabrera Infante, el venezolano Darío Lancini y varios otros autores que no nacieron en la península.

El sistema de Carbajo es riguroso en su listado y en sus creaciones. En cuanto a la lectura, el placer de la originalidad se encuentra obstaculizado por un conteo de variables extenuantes:

 

A BABOR ELSA LOCOS O COLAS LE ROBABA.
A BABOR ELSA LUCES SÉCULAS LE ROBABA.
A BABOR ELSA LÚNULAS LE ROBABA.
A BABOR ELSA MAGOS O GAMAS LE ROBABA.
A BABOR ELSA MAJA JAMÁS LE ROBABA.
A BABOR ELSA MAJO JAMÁS LE ROBABA.
A BABOR ELSA MAMABAMAMAS LE ROBABA.
A BABOR ELSA MAMAS LE ROBABA.
A BABOR ELSA MAR NO CON RAMAS LE ROBABA.

 

Existe algo de índole procaz en la creación de muchos palíndromos. Parece que en ocasiones estos llevan al palindromista a buscar -o encontrar- palabras soeces para arribar a buen puerto. La curiosa particularidad ya la hubo de observar el palindromista Eduardo Orenstein. Este último asegura que si el palíndromo lleva a la procacidad es porque el universo de la palabra está constituido por tal esencia. De tal modo, palíndromos de Víctor Carbajo como:

 

OLAF USARÁ SU FALO.
¿ACASO COMÍ MOCOS ACÁ?
AL DAR CULO, LUCRADLA.

o los del propio Orenstein:

OTRA PUTA RAMERA YO VOY A REMAR A TU PARTO
EFUSIVO DEPORTO OTRO PEDO VI SU FE
ATAR AL OTRO ORTO LA RATA

 

reforzarían la hipótesis de que el palíndromo -al menos en su raíz castellana- tiene un posible gen lúbrico.

Para todo palindromista existe la certeza de que en la composición de las palabras se esconde el palíndromo esperando al rabdomante que lo devele, un mensaje especular oculto en la opacidad de los caracteres, el cual brilla gracias al indagador atento.

En su ensayo Palíndromo y ciencia, justamente, Eduardo Orenstein nos aclara que los palíndromos no se crean, no se inventan, se descubren. El escritor oriental afirma que las frases palíndrómicas existen a priori, y es tarea del palindromista descubrir la simetría del espécimen que funda su centro en una letra o en el vacío entre dos de ellas, retomando el camino inverso en un cómputo irrefutable. La actitud de Orenstein es rigurosa: observa, con justa razón, que el castellano posee un número limitado de palabras. Es dentro de la combinatoria de estas que subyacen todos los palíndromos posibles. El cultor del género se vuelve más un descubridor que un creador ex nihilo. Esto último es lo que Orenstein critica a un palindromista como Filloy, que crea -en ocasiones- nombres ficticios en orden de forzar el palíndromo a su necesidad. Desde este punto de vista Orenstein no se considera un escritor ni un poeta, sino un científico. Yendo aún más lejos, Orenstein sostiene que los palíndromos, al ser descubiertos, abren la puerta a una realidad oculta. Es el caso de su palíndromo OÍ RUMOR ENERO MURIÓ, el cual genera – para Orenstein- todo tipo de preocupaciones, ya que si Enero murió nos quedamos en el calendario gregoriano con un año de once meses. Eso provocaría que la órbita de la Tierra se acorte de tal modo que afecte a los demás planetas, lo que llevaría, fácilmente, a una galaxia a la deriva cuyas implicancias podrían ser catastróficas. Orenstein señala una diferencia entre palíndromos impuros, como aquellos que componía Filloy cuando recurría a nombres inventados, y palíndromos puros como los de él mismo. “Lo lamento por Filloy -dice Orenstein- porque la mayoría de esos palíndromos son bastardos . […] Yo soy el palindromista puro más prolífico de la lengua castellana”. “Filloy -continúa Orenstein- es escritor, abogado, pero no científico […] para salir del paso nos apabulla con superabundancia de personajes de nombres fantásticos como Mordecai Lupo, Sira, Berra, Sacia Cras, Mercau, Emin Axel para poder así redondear sus frases “ingeniosas”.

En este aspecto, hay que reconocer que el escritor cordobés recurre a una superabundancia de nombres estrafalarios para llegar a resultados más o menos felices:

 

A COLADI VEDAR EUMENIO MOINE MUERA DE VIDA LOCA
ETAM ABRE YA. VI CONSAGRA VARGAS NOCIVA YERBA MATE
¿ANA VAZEREG? ILUSO DIRE HA ZAHERIDO SU LIGEREZA VANA
SE VIVA NARCE: XENIA COMO CAIN EXECRAN A VIVES
¿EH, CELEBRA CAP EDEN A SUSANE DE PAC ARBELECHE?

 

En nuestras lecturas hemos constatado una falta de modestia general por parte de los palindromistas, acompañada por un elaborado sentido del humor: “Cuando en el año 1492 salieron simultáneamente de España el Arte de la Lengua Castellana y las tres carabelas -nos dice Filloy- tanto Nebrija como Colón ignoraban que iban a encontrase conmigo: Adelantado de este Continente Incognito de la Palindromía”. Lo que Filloy no dice es que los conquistadores de España también se encontraron con lenguas y topónimos ricos en palíndromos, algo de lo cual el escritor cordobés parece no percatarse. Filloy sí nos aclara que es “escasísimo el elenco de palabras palíndromas que ofrece el castellano”; y acto seguido nos presenta algunos ejemplos: SUS, SOMOS, NEUQUÉN, ITATÍ, YATAY, ANANÁ, ORURO. Así, podemos rápidamente identificar que NEUQUÉN es palíndromo de origen mapuche; los dos siguientes, guaraníes; y ANANÁ y ORURO, de raíz quechua. Y mientras Filloy insiste que “el idioma castellano es el más palindrómico del mundo”, tenemos ante la vista las voces de América.

Es cierto que las palabras amerindias que sobrevivieron a la conquista son transcripciones al castellano de voces originarias. Quizá aquel encuentro haya sido afortunado para el palíndromo aunque no sabemos a ciencia cierta cuánto se ha perdido en el proceso.

El padre Joseph Gumilla, a mediados del Siglo XVII, se lamentaba de los sonidos emitidos por los indígenas de Colombia y Venezuela y de su imposibilidad para registrar sus vocabularios: “La excesiva velocidad de las lenguas guajiva, otomaca y guaraúna es horrible; causa sudor frío y congoja el no poder prescindir el oído más lince una sílaba de otra. Es cosa cierta y averiguada que en cada una de las dichas lenguas falta una letra consonante y no se halla palabra que la requiera; verbigracia, la lengua betoya no ha menester la p; la situfa no necesita la r y así…”.

Los conquistadores y los misioneros no entendían bien por qué se hablaban otras lenguas en el Nuevo Mundo. A modo de razonamiento se recurrió al argumento de la Torre de Babel. Se decía incluso que dos de las setenta y dos lenguas que se formaron a partir del castigo que Dios impuso a los constructores de la torre pasaron a América. La pregunta que se impuso entonces fue cómo de solo dos lenguas se formaron centenares de ellas en todo el continente. El padre dominico Fray Gregorio García en su libro Origen de los indios del Nuevo Mundo, publicado en Valencia en 1607, sostenía que era “obra del demonio el cual sabía que un día se llegaría a predicar la palabra de Dios, de modo que Satán quiso poner una grande dificultad […] de suerte que los indios [no] entendiesen”. De este modo el diablo indujo a los indios a “que inventasen nuevas lenguas” y así “fuesen los indios perpetuos esclavos suyos”.

Hoy podemos contar como palíndromos aquellas voces que fueron transliteradas al alfabeto latino y cuya sonoridad fue registrada por lusitanos e hispanohablantes. Seguramente, la contabilización de consonantes y vocales habrá obedecido más al oído del receptor que a la fidelidad del sonido emitido. Así y todo, podemos especular que palabras como Colo-Colo y palíndromos como Itatí pueden hallarse muy cerca de su sonoridad original.

Aun cuando en las lenguas indígenas el palíndromo no fuese una grafía inscripta, sí es evidente en los nombres; y su ingente presencia hace pensar en una inclinación de la voz hacia el eco y, como palíndromo, hacia a la inversión del eco. En este aspecto, en América existe una insistente tendencia a la reduplicación, un fenómeno que se da en muchas lenguas aborígenes, que transporta, según nuestro entender, a una predisposición especial hacia el palíndromo. En la reduplicación, una palabra o parte de ella se repite creando una nueva con un significado en algo diferente. Obviamente, la reduplicación es total cuando la palabra se repite dos veces como Sipe-Sipe o Cucha-Cucha. Una reduplicación parcial en la toponimia es Choele-Choel.

La reduplicación en las lenguas amerindias tiende a imitar un sonido, aumentar un rasgo o marcar el plural. Puede ser onomatopéyica, como caracará (aguilucho en guaraní), que aparentemente seguiría el sonido que hace el ave con su pico. La otra variable es cuando la reduplicación se usa para marcar intensidad, como en el topónimo Yana Yana, de yana, negro, es decir muy negro. Y, finalmente, la reduplicación define el plural, como en el caso de Cora-Cora, una localidad en el Departamento de Ayacucho, Perú, plural en quechua de mata, el cual significa matorral. En la lengua castellana la reduplicación es más sencilla, se utiliza para reforzar el valor de una premisa o aumentar el sentido de un vocablo: ¡Rápido, rápido! ¡No, no! Es, a la vez, un método de intensificación. En general, en estos casos, tendemos a usar prefijos y sufijos como: superbueno, requetebueno, buenísimo, adjetivos: una barbaridad de bueno y finalmente nuestro adjetivo reduplicado: bueno, bueno (y si se puede subrayándolo con un gesto de las manos). La reduplicación en castellano tiende a los préstamos de otras lenguas como yoyó zigzag, y también en expresiones coloquiales u onomatopéyicas: picapica bajada cordón, y el tictac del reloj. La mayoría de los casos se dan en el habla cotidiana:

 

¿Pensás ir a la fiesta?
¡No vayas, no vayas! Raúl, Raulito, mirá lo que hiciste?
Laburar, lo que se dice laburar, no labura.
Comió y comió y luego durmió y durmió toda la noche.

 

El actual todos y todas podría tomarse -si se quiere- como un caso reciente de reduplicación.

En la toponimia americana son numerosos los casos de reduplicación: Irpa Irpa, Quemú Quemú, Bulo Bulo, Sica Sica, Cala Cala, Vila Vila, Cachi Cachi, Cau-Cau. La onomatopéyica Huas Huas, una variedad de pato. Pichupichu, plural de pichu, canillas, conjunto de tibias y canillas. Pirua Pirua, plural de Pirua, granero; Sarasara, plural de maíz, maizal, acompañadas de otras sonoridades quechuas como Tabatinga, Tacabamba, Titicaca, Tanqa-Tanqa; y algunas cercanas al jeringoso, Tampu-tocco, Toccoccori, Tiquillaca, Taparaca, Sisisapa.

El vocabulario mapuche posee reduplicaciones ejemplares en las que podemos sentir el modo en que el eco del sentido acompaña a la onomatopeya como es el caso de Cuicui, un verbo que define la acción de cruzar un puente hecho de palos, lianas y lonjas, o Cololcolol, vocablo para garganta que asemeja a nuestro historietístico glugluglu. Hualhual, murmullo de agua. Huichrahuichra, palpitación o agitación vehemente; Huihui, sapitos; Cuningcuning, grillo; Cùchücùchü, gavilán; Cùna, mucho, Cùnacùna, muchísimo (como un ejemplo aumentativo de rasgo). Y finalmente, Ngùungùung: pujar, esforzarse para defecar o largar un flato, onomatopeya que muy posiblemente realicen algunos huincas durante la misma faena.

Todo este largo rodeo acerca de la reduplicación para inferir que en ella subyace la raíz de muchos palíndromos. Imaginemos que el capricho popular o una decantación verbal hubiese llevado la reduplicación a una reducción; y que Zaña-zaña, el paso cordillerano que se abre en el cajón de Vallejos a 1700 metros de altitud entre Chile y Argentina, se volviese ZAÑA-Z, cortando el remanente del eco. Tendríamos allí un palíndromo para comodidad de nuestras búsquedas. Algo similar pudo haber pasado con la palabra Neuquén, hoy grácil palíndromo que orna nuestra geografía. En un origen lejano, el caudaloso río de las corrientes pudo haber sido plural de neuque-neuque. No estamos seguros. Lo que podemos vislumbrar es que algo del orden de la reduplicación está en el germen del origen de algunos de nuestros topónimos palindrómicos.

En su Tratado de palindromía, Filloy señala lo escaso del elenco “de palabras palíndromas que ofrece el castellano”. Enumera en un breve listado los vocablos sus, dad, ojo, Ana, acá, rever, Capac, somos, narran, Neuquén, Yatay, ananá, aérea, recocer, Oruro, Itatí, más otros seis entre los que se encuentra Socorrapárrocos.

Por su parte, el vocabulario mapuche cuenta con al menos cuarenta palíndromos en su vocabulario, entre ellos Uuluuuluu, insecto volador de cabeza negra, de cuerpo azul y amarillo; Mùlum, rocío; Neuen, fuerza, vigor; Lol, hueco, hoyo, agujero, y por reduplicación, su aumentativo Lolol, zanjón.; Oo, palabra mística que se puede interpretar como “así sea”, entre otras. En el caso del quechua hay una buena cantidad de palíndromos si sumamos sus topónimos (como hace Filloy en su enumeración de Neuquén, etcétera). Entre los que no son topónimos tenemos ullu, falo; camac, guardián, cuidador; Cápac, rico en fortuna, regio en todas las virtudes; Játaj, cobija, cobertor; Assa, helada; Qaraq ó jaraj, ardiente, mordaz; Aya, muerto (así, Ayacucho es el rincón del muerto); Uru, gusano; Uru-uru, plural de gusanos, de donde viene Oruro; Ucu, parte baja; Uyu, flaco, macilento, etcétera. El guaraní posee al menos catorce vocablos capicúa: aja, durante; Akã, cabeza; Ama, lluvia; Aña, diablo, demonio; Apá, calambre, tullido; Ára, día, cielo, firmamento; Áva, cabellera; Ayá, durante, mientras; Ïtï, basura; Ypy, comienzo, origen; Yopoy, retribución o regalo reciproco; Yoyoy, hipo, entre otros.

El vocabulario quechua está cercano a las cuarenta palabras palíndromas sin incluir muchos de sus topónimos que engalanan su geografía. Entre ellos podemos enumerar la interjección aa!, arcaísmo de ah!, pero que en el quechua de Argentina quiere decir fuera, afuera; Aka, excremento; Ama, prohibición; Ana, lunar; Ananá, piña, planta bromeliácea de fruto carnoso y jugoso; Aña, persona delicada, sensible; Apa, hermanos inmediatos por nacimiento; Aya aya, planta herbácea; Awa, hilos preparados en proceso del tejido; Ayaya!, interjección que denota dolor, pero que no arruina el palíndromo como el castizo ¡ayayay!; K’apak, exacto, preciso, justo; Ohoho, gallareta; Oqoqo, sapo; Qaraq, distribuidor de potajes o alimentos a personas o animales (obsérvese la recurrencia de la q sin la u, algo que aventaja enormemente –palindrómicamente hablando– al castellano); Qasaq, heladizo; Qataq, persona que cobija o cubre con colchas a otra persona; Qolloq, extinguible, terminable; Q’alaq, desnudador; Q’enteq, encogible, contraíble; Q’otoq, farsante, engañador; Soqos, de la familia de las gramíneas, carrizo utilizado en la construcción de viviendas;  Soqos soqos, carrizal, lugar donde crecen carrizos; Uhu, tos; Ukuku, oso (raramente se dan dos vocablos palíndroma en quechua y castellano); Umu, vidente, augur, arúspice; Unu, agua; Unu unu, aguachento; Uru, araña; Usu, derramamiento, desperdicio de algo por descuido; Usu usu, derramamiento constante; Waw!, ¡Increíble! ¡No lo creo!, equivalente a nuestro ¡guau! pero en envidiable grafía cáncrica; y así otros que hemos obviado por cuestiones de espacio.

*

Perú es el país sudamericano con más topónimos palindrómicos en el continente. Su territorio se atavía con más de cuarenta, que hacen sentir su imperio desde el mismo quechua. Lugares como ABBA, ACACA, AÑACAÑA, ATAPATA, AYAHUAYA, CARAC, CCACCACC, CONOC, NAVAN, OYOYO, UCHCU, entre muchos otros, los cuales ubican a esta orgullosa nación en el epicentro de la palindromía toponímica.

Le sigue la envidiable Colombia, con treinta y cuatro topónimos karcínicos en los que, de igual modo, las lenguas amerindias hacen acto de presencia: ACOCA, AMMÁ, ARARA, ATRÁ, EPEPE, ERURE, MUTUM, ORORO, URIRÚ, etcétera.

Chile cuenta con veintisiete topónimos jánicos. En su geografía se refleja la afortunada influencia del mapuche: CALLULLAC, LEYEL, LOLOL, YUTUY y ALALA.

Bolivia posee quince palíndromos con profusión de topónimos nativos, como ACALACA, AYAMAYA, URU URU, MUTUM, ELE ELE, entre otros.

Brasil dispone de nueve, entre ellos los ríos APA, ARARA, EME, IRIRI, UBÚ, la laguna MIRIM y la isla UTÚ.

Nueve topónimos capicúa posee también Venezuela. Con la excepción de OSO y SALAS, la mayoría son de raíz indígena, como podemos constatar en AMANAMA, ASISA, AYAYA, IUI y YAY.

Ecuador cuenta con siete. Aparte de los poco originales ANA y ORO, que sumamos para no restar, posee los ríos ENE, MASAM y SUCUS, el pueblo OSO y el estero AMA.

Debemos reconocer que la pobreza de topónimos retroactivos en Paraguay nos deja perplejos. No solo por la ausencia de estos en castellano, que los podría haber, como SALAS, ORO, EJE, OJO, sino que la ingente presencia de vocablos en guaraní no llega a sumar dos palíndromos. Estos son el río APA y YATAY.

Tres topónimos de los que nos ocupan tiene también Surinam: AWA, NON y OTTO.

En el caso de Guyana contamos con diez, aunque en honor a la verdad, dos de ellos se repiten, como el río MAAM, que también tiene un arroyo del mismo nombre; y OKO en sus tres versiones: río, arroyo y cerro. En el mismo país existe el topónimo Op Hoop Van Better, un nombre que nos hace acordar, dicho sea de paso, al libro Olo Loop de Filloy.

En el caso de Guayana Francesa nuestros hallazgos se reducen también a tres: el arroyo AWA, el río ININI y el peñón ARA.

El caso de Uruguay es sintomático. Este pequeño gran país apenas posee toponimia palindrómica. La tierra de Isidore Ducasse, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, Julio Herrera y Reissig, Leo Maslíah, Sergio López Suárez, Eduardo Orenstein, solo cuenta con cuatro lugares que aplican a nuestra búsqueda: La Capilla de Doña ANA (muy pobre), en el Departamento de Canelones; OJO de Agua, un arroyito en el Departamento de San José; Arroyo del ORO, en el Departamento de Treinta y Tres; y finalmente YATAY, una antigua estación de ferrocarril en el Departamento de Montevideo (este último celebra el encuentro armado, y no el palíndromo original del vocablo guaraní, el cual significa palmeras). ¡Ni siquiera posee un arroyo SALAS!. Por otra parte, y para acentuar nuestra decepción, Uruguay posee setenta topónimos con el nombre Sarandí, entre arroyos, arroyuelos, pasos, puntas y pueblo; cien picadas, zanjas, cañadas, pasos, lagunas, cuchillas, arroyos llamados Sauce; veinticinco versiones del topónimo Piedras, en los departamentos de  Minas, Paysandú, Florida, Artigas, San José, Canelones, Soriano, etcétera.

A mediados del siglo XIX Alejandro Dumas (h) decía que Montevideo era mucho más civilizado que Buenos Aires. La razón de esto la adjudicaba a que Montevideo había sido fundada mucho más tarde; y que la ciudad no había tenido el suficiente tiempo para “barbarizarse” y consustanciarse con la América. Quizá esa colonización reciente es la que lleva a la Banda Oriental a tener -palindrómicamente hablando- una toponimia que deja bastante que desear. La nueva inmigración, hay que decirlo, no trajo consigo originalidad ni poesía para sus asentamientos, a juzgar por localidades como Nuevo Berlín, Nuevo París, Nueva Roma, Nueva Vizcaya, Nueva Palmira, Nueva Savona, Nueva Nápoles, Nueva Helvecia, Nueva Menorca, Nueva Génova, Nueva España, y todos los renovados ersatz europeos que tuvieron al alcance.

Es cierto que existen lugares coloridos como el Paso del Demente, en el cauce del Río Uruguay; Espinas de García, en el Departamento de Canelones; Sección de Mosquitos, Restinga de la Grasería, en el Departamento de Paysandú; el Arroyo de la Isla Mala, en el Departamento de Florida; Cañada de Juan Pérez, en Canelones; el arroyuelo Matachina, en Río Negro; la Tapera del Ñato, en Cerro Largo; y la Cañada Fea, en el Departamento de Minas; y arroyos como Quiebrahuevos, Quita-calzones y su variante Saca-calzoncillos.

No obstante, la pobreza de palíndromos en la otra banda del río pone en vergüenza a esta gran nación. Aconsejamos a las autoridades pertinentes que hagan algo al respecto a la mayor brevedad, ya sea fundando nuevas localidades o aprovechando lugares como la Cañada Sin nombre, en el Departamento de Paysandú y  la Picada Sin nombre, en el Departamento de Artigas. Al mismo tiempo, no vemos daño alguno en modificar por palíndromos algunos de los nombres de los numerosas localidades, con topónimos como Inglés Carreta, Lobos, Loros; la poco elegante Manguera, al menos en una de sus diez versiones; Mataojo, en sus trece repeticiones; o los seis arroyos del Medio y las siete Cañada del Medio; o la poco original acepción Negro con sus trece topónimos entre arroyos, ríos y cerros.

Uruguay, con su escasez de nombres indígenas y su profusión de nombres coloniales, ha perdido un inmenso acervo de posibilidades palindrómicas. Son pocos los vestigios que han quedado de la lengua de la familia charrúa y sus cuatro divisiones: charrúa, chaná, balomar y güenoa, luego del intento de aniquilamiento final de sus hablantes allá, por el año 1830, por parte de los generales Fructuoso Rivera y Juan Galo Lavalle. Sin embargo, entre los pocos vocablos sobrevivientes del charrúa, se encuentra ARRA, que quiere decir veces, como cuando algo se repite y multiplica. Luego, dentro de la nación chaná, que habitó igualmente el Uruguay, el número dos se dice AMA, y diez AMA NAMA. El uruguayo Rivera, fundador del Partido Colorado, no fue solo el responsable de la matanza de Salsipuedes: lo fue también de un capital lingüístico potencialmente rico en palíndromos.

Finalmente, la Banda Oriental tampoco se ha dejado llevar por la influencia española, que posee tres decenas de palíndromos en su propia península. La Suiza del Sur ni siquiera nombró un pueblo en homenaje a su mejor vino: TANAT.

Argentina, en su vasto territorio, posee solo siete topónimos palíndromos: EJE, lugar poblado a 12 km de San Fernando, Belén, provincia de Catamarca; YATAY, provincia de Corrientes; ITATÍ en la misma provincia, también ciudad cabecera de departamento (la virgen milagrosa que allí se venera significa en guaraní punta de piedra); NEUQUÉN (afortunada castellanización de Newenken, que significa correntoso), en la provincia homónima; Coronel MOM, provincia de Buenos Aires; El ORO, distrito mineral en la sierra de Famatina, provincia de La Rioja; y SALAS, estación de ferrocarril en Unión, provincia de Córdoba.

Es posible pensar que la exigua presencia de palíndromos en la toponimia argentina se deba igualmente a la imposición de nombres tan poco atrayentes como Laguna Monroe y Arroyo Morales. A su vez, perdemos oportunidades extraordinarias –palindrómicamente hablando– nombrando una laguna Morón, cuando a vuelta de consonante podríamos bautizarla MOROM; y se nos presenta como una picardía que el establecimiento rural Navas no se llame NAVAN. En cuanto a la localidad de Pérez, en Santa Fe, cuán fácil y original sería si se llamase PEREP. En cada uno de estos lexemas perdemos una ocasión única de sumar palíndromos a nuestra toponimia.

Por su parte, vemos cómo los conquistadores se llevaron el oro y la plata pero no trajeron consigo casi ninguno de sus palíndromos peninsulares. Lamentablemente, en los trescientos años de conquista y ocupación, la colonia no ha sido capaz de fundar y compartir en territorio americano reflejos de localidades tan originales como ACECA, en Toledo; LA RAL y POLOP, de Valencia; ORRO, SAS, de Abajo y SEDES en Galicia; SOTOS, en la comuna de Cuenca; Río SUS, en Teruel; y OSSO, en Aragón, por solo nombrar algunos de los treinta palíndromos que hay en la geografía de España.

En todo caso resulta obvio que el peninsular no vio en el palíndromo riqueza alguna, ya que no se llevó con él topónimos como NEUQUÉN, ITATÍ, YATAY (Argentina); ORURO, AYAMAYA, IVITIVI (Bolivia); EPEPE, ERRE ERRE, ERURE (Colombia); CALLULLAC, LOLOL, YUTUY (Chile), y tantos otros con los cuales habría podido embellecer sus tierras.

En un estudio sobre la toponimia de la Argentina, el profesor Romualdo Ardissone observaba que “a cada accidente geográfico, físico y humano, corresponde una denominación que tiene el oficio de individualizar a ese accidente, impidiendo su confusión con otros similares”. Hay un predominio de términos topográficos y religiosos, nos dice Ardissone. Son numerosos los que se refieren a la vegetación, la agricultura, la ganadería; y siguen, en orden descendente, nombres abstractos, animales, nombres propios, conmemoraciones patrióticas, viviendas y centros de población, colores, números, minas. Tales nombres, de factura indígena o española, son copiosos. Citamos algunos tan solo a modo de ejemplo: guadal, monte, mallín, salar, estero, quebrada, valle, puna, chacra, estancia, rancherío, tapera, cañada, etcétera.

Sin embargo, el geógrafo no puede menos que decepcionarse por la acumulación de topónimos repetidos que existen en el territorio. Ya en 1921, Ardissone señalaba que un “país nuevo cuya historia es reciente, pero suficientemente antigua para recoger en su toponimia otros aspectos que la religiosidad de la época y la sensibilidad del colono español, presenta, no obstante, inmensas regiones casi vírgenes que, a medida que se conocen en sus detalles y se van poblando, requieren la formación de muchísimos nombres no registrados hasta la fecha, y en ello se encuentra el carácter consonante con el carácter de nuestra sociedad”.

Un carácter consonante –cabría aclarar– que ha ido cambiando intensamente y que, si fuese literario, lingüístico y lúdico, no dudaría en recurrir al palíndromo para salvar el problema de la repetición, manteniendo vivos los múltiples homenajes que se le ha querido dar a prohombres genuinos y otros de dudosa reputación.

¿Cuántas localidades, calles, servicios, llamados Mitre existen en Argentina? Al ferrocarril Mitre, al menos, podríamos rebautizarlo “Mitren” para estar en consonancia con el medio de transporte. Luego, podríamos recurrir al palíndromo MITRERTIM, al menos entre una de las decenas existentes con este nombre que cubre varias ciudades, pasos, un cerro, una península, un río, una estancia, algunas estaciones, villas y barrios.

Hay un BELLA VISTA en Buenos Aires, otro en Corrientes, otro en La Rioja, otro en Santiago del Estero y otro en Tucumán. Cinco Bella Vista, ¿para qué, nos preguntamos? Aquí proponemos cuatro opciones palindrómicas: BU BELA LEBUB, CO VISI VOC, SAN VIVNAS y TUBEL LEBUT. Hacemos así uso de las iniciales de Buenos Aires, Corrientes, Santiago del Estero y Tucumán, combinados con alguna sílaba que integra el nombre de la localidad que peca de poco original, y que, muy posiblemente hoy día, con la industrialización y el calentamiento global, haya perdido en Bella Vista ese optimismo descriptivo.

Otro caso es el de MERCEDES; tenemos al menos cinco: Mercedes, Buenos Aires; Mercedes, Corrientes; Mercedes, San Luis; Villa Mercedes, San Luis y Villa Mercedes, Santiago del Estero. Para que nadie se dispute el original proponemos modificarlos a todos: MERCEDES EDECREM, Buenos Aires; MERCOCREM, Corrientes; SANLUME MULNAS, San Luis; AVILA MALIVA, San Luis; SANTIMEMITNAS, Santiago del Estero.

MANANTIALES aparece al menos cuatro veces, una en Catamarca, otra en Córdoba, otra en Corrientes y otra en San Luis. Proponemos: MANANANAM, Catamarca; MANAM, Córdoba; SELAITIALES, Corrientes: MANLESELNAM, San Luis.

Luego tenemos localidades como ESPERANZA, que se repiten unas ciento treinta veces; SAN ANTONIO, con ciento sesenta y cinco acumulaciones; el monótono topónimo LOMA: ¡ciento once casos!; SANTA ROSA, ciento cuarentaiuno; NUEVE DE JULIO, catorce veces; SAUCE, cuarentaiuno; VEINTE Y CINCO DE MAYO, diecisiete; SAN MARTÍN, noventaiuno; SARMIENTO, catorce.

Esta situación impone un serio desafío a la comunidad de palindromistas. ¿Quién de los nuestros se ofrece a encontrar ciento treinta variantes de ESPERANZA? Entendemos, también, las posibles dificultades en proponer cambiar al menos novento de las noventaiuna localidades que se llaman SAN MARTÍN. En todo caso, sería importante para nuestro objetivo modificar al menos una, la más pequeñita -si se quiere- con el palíndromo SAN MARTÍNIT RAMNAS; y alguna de las catorce llamadas SARMIENTO con algo así como SARMIENTOT NEIMRAS. Si resulta muy largo podremos abreviarlo con S. NEIMRAS (también palíndromo), o rehacerlo como SARMIM RAS.

En cualquier caso, si nuestro proyecto prospera, podemos alternar los toponímicos palindrómicos con opciones anagramáticas, más amigables al oído del profano. San Antonio, que posee ciento sesenta y cuatro repeticiones, podría alternar alguna de ellas –siempre desde el consenso popular– con algún anagrama como TANINO SANO (ideal para alguna localidad cerca de Mendoza) o SONATINA NO (si los moradores prefieren el silencio). Otras opciones como ASNO INNATO o NI ANO SANTO las señalamos solo para juicio de los interesados. Sarmiento y sus catorce localidades podría reemplazar algunas de ellas por MÁS TIERNO (una simple expresión de deseos para el verdugo del Chacho); o MÁS TRINEO para alguna localidad con nieve. Bartolomé Mitre posee opciones anagramáticas muy interesantes: MORRO BETLEMITA, MAMOTRETO LIBRE, TREMOLAR MI BOTE, MI ARREBOL TOTEM, EMBOTAR EL RITMO, MIEMBRO RETOTAL. Por su parte, Esperanza cuenta con SAN PEREZA, PENSÉ AZAR y SERÁ EN PAZ, entre otras.

Volviendo a lo nuestro, hay doce localidades que se llaman Conchas: al menos una podría llamarse CONOC. Veinte localidades se llaman Corralito. Doce localidades se llaman Duraznito. Tres localidades con el despreciativo nombre de Hedionda, más otras dos con el no menos despreciativo Hediondita. Dieciséis localidades llamadas Lavalle, y un solo Dorrego. En el Teatrito Rioplatense de Entidades creemos que la víctima debería tener, al menos, igual mérito que el victimario; que siete Lavalles deberían llamarse Dorrego, y que uno debería ser palíndromo conmemorativo de ambos en el todo inclusivo que hace a la memoria nacional. Por ejemplo: LADO RODAL

Existen cinco localidades que se llaman Rey, lo que nos conduce a aquel palíndromo de Eduardo Orenstein SE REY Y ERES, un nombre muy apropiado para cualquier localidad de la República. Luego tenemos ciento once topónimos llamados Rincón. Tala, el omnisciente árbol de las urticáceas, posee setenta y cuatro imposiciones, una al menos podría llamarse TALAT…Y ahora, un rápido paneo por algunos topónimos de santos: San José (214), San Manuel (20), San Marcos (19), San Mateo (6), San Gregorio (37), San Guillermo (17), San Isidro (59), San Javier (22), San Agustín (43), San Roque (45), Santa ANA (60), Santa Bárbara (38), Santa Clara (51), Santa Elena (47). Tal abundancia en el santoral toponímico bien amerita una localidad que declare el falso evangelio del diablo, ¡y qué mejor que el palíndromo SATANAS-SANATAS!

Continuando. Tenemos doce localidades con el nombre Algarrobal; once bajo el nombre Algarrobitos; dieciocho bajo el descriptivo mote de Barranca; a las que se suman otras treintaidós localidades con el plural Barrancas y ocho con el diminutivo Barranquitas; más trece -en aras de la variedad- con el nombre Barrancosa. Luego, volviendo al árbol, tenemos veintidós localidades llamadas Algarrobo y veintiuna con el plural Algarrobos.

Sabemos que los poetas no son gran cosa pero estamos seguros que cualquiera podría, con un poco de esmero, superar la cortedad de miras en el bautismo del lugar donde se vive. Un palindromista, al menos, con la rigurosidad de su oficio, podría ofrecer mejores opciones. Pues bien, si pudiéramos con este ensayo cambiar la idiosincrasia del lector; y que el lector fuese alguien de influencia en la futura toponimia del suelo que habita, podríamos abrir un horizonte palindrómico que sin duda traería sus beneficios: ¡ARGENTINA ANITNEGRA te espera, paraíso del palíndromo!

Podemos ya imaginar el número de selfies de los inquietos turistas, lúdicos y literarios ante los carteles de vialidad como NEUQUEN, ITATÍ, YATAY, MITRERTIM, SATANAS-SANATAS, LADO RODAL, S. NEIMRAS, TALAT.

Argentina brinda un amplio campo para la aplicación de nombres nuevos, donde pueden caber representadas todas las aspiraciones: la religiosa, la patriótica, la social, la individual y la palindrómica. Como pudimos apreciar, nuestros antepasados coloniales recurrieron al santoral de los conquistadores -cada uno tenía su patrono- para designar los lugares de su conquista. Como nos dice Ardissone, estos estaban embargados por un espíritu de religiosidad, el cual predominaba sobre las demás pasiones. Con las invasiones inglesas y los hechos de la revolución, el país comenzó a rebautizar sus espacios con fechas patrias y nombres de batallas y héroes, reemplazando en muchos casos la antigua sensibilidad. Surgieron, nos dice Ardissone,  “otros problemas imperiosos que cautivaron poderosamente la atención de gobierno y población”. No esperamos mucho de los gobiernos actuales, tenemos que reconocerlo, pero una actitud lingüística sobre la toponimia argentina, nacida de la voluntad popular e inclinada a la palindromía, nos otorgaría una oportunidad de lujo de cara al futuro.

La toponimia es un espejo que permite apreciar la progresión de la actividad humana. Cuánto mejor nos mirarían las generaciones por venir si, continuando la tradición de escritores como Cortazar, Filloy, Orenstein; si celebrando la integración con aquellas culturas originarias; si agregando nuestro grano de arena a la geografía, nos entregásemos al rebautismo del paisaje con nombres capicúa. Al observar el conjunto, podemos afirmar que la toponimia argentina ofrece el aspecto de un mosaico idiomático. A la presencia del aimara, quechua, comechingón, vilela, mapuche, tupi-guaraní, charrúa, chane, castellana, vascuense, añadiríamos desde nuestros subrayados palíndromos, el desinteresado amor por la lengua, la literatura y el juego. Si nos animásemos, tendríamos ante nosotros un país de vanguardia, una forja de composiciones que contribuirían a la felicidad. ¿Quién sabe lo que se lograría a partir de aquí? ¿Cuál no sería nuestro próximo y aventurado paso en la poetización del lugar que amamos?

Vicente Mario di Maggio
Director del Teatrito Rioplatense de Entidades

Buenos Aires, en el mes de La Primera
del Año Cero del Redundante

 

 

NOTA BENE

La información con que trabajamos está exclusivamente en relación con las fuentes consultadas. Es muy posible que otros topónimos palindrómicos estén allí esperando ser descubiertos. Sin embargo, creemos que los datos obtenidos dan una estadística de cada lugar y una idea de que deberían hacer las naciones para acrecentar su acervo si desean entrar en el concierto de la topopalindromía. Hemos evitado, en casi todos los casos, el topónimo Santa ANA por su enorme presencia. Tenga el lector la seguridad de que hay uno o más en cada país hispanoparlante, por lo cual decidimos no abundar en detalles para no polucionar el paseo en el recorrido palindrómico.

Agradecemos al Sr. Iván Ouler su colaboración en la confección de topónimos palíndromos y anagramáticos para la realización de este ensayo.

 

Bibliografía
-Karcino, tratado de palindromia, Juan Filloy, Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2005.
-Palíndromo y ciencia. Eduardo Orenstein, Ediciones Urania, 2018.
-Poemas palindrómicos, Eduardo Oresntein, Ediciones Urania, 2012.
-Movimiento perpetuo, Augusto Monterroso, Biblioteca Era, México, 1991.
-181.181 Palíndromos Españoles, Víctor Carbajo. Edición en línea:
http://www.carbajo.net/varios/pal.html
-Estado actual del estudio de las lenguas indígenas por Antonio Portnoy, Institución Mitre, Buenos Aires, 1936.
-Lenguas indígenas de América del Sur: estudios descriptivo-tipológicos y sus contribuciones para la lingüística teórica. Andrés Romero-Figueroa, Ana Fernández Garay y Angel Corbera. Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 2007.
-Vitalidad e influencia de las lenguas indígenas en Latinoamérica, Ramón Arzápalo Marín, Yolanda Lastra de Suárez compiladores. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Antropológicas. México D.F., 1995.
-Diccionario Amahuaca, Sylvia Hyde, Ministerio de Educación. Instituto Lingüístico de Verano, Lima, 1980.
Caá, Reedición del Diccionario Guaraní-Español de Florencio Vera de 1903, Éditions du cochon, 2010.
-Diccionario quechua – español – quechua,  Academia Mayor de la Lengua Quechua/ Qheswa Simi Hamut’ana Kurak Suntur. 2da edición, Cusco, Perú, 2005.
Diccionario Bilingüe. Iskay simipi yuyayk’ancha. Quechua – Castellano / Castellano – Quechua, Teofilo Laime Ajacopa, 2da edición mejorada. Ñawpa yanapaqkuna: Efraín Cazazola, Félix Layme Pairumani, La Paz – Bolivia, 2007.
Diccionario comentado Mapuche-Español, Araucano, Pehuenche, Pampa, Picunche, Rancülche, Huilliche, Esteban Erize, Cuadernos del Sur, Universidad Nacional del Sur,Buenos Aires, 1960.
-“El léxico etnobiológico en Lengua mapuche”, Herminia Navarro Hartmann, Cuadernos de Lingüística Hispánica n° 23, ISSN 0121-053X ISSN en línea 2346-1829, Enero-Junio 2014, pp. 13-28.
Transcripción del vocabulario de la Lengua Aymara, P. Ludovico Bertonio, 1612. Instituto De Las Lenguas Y Literaturas Andinas-Amazónicas (Illa-A), La Paz, Bolivia, 2011.
Influencia de la  lengua guaraní en Sud-América y Antillas por el Dr.  Moisés S. Bertoni. Anales Científicos Paraguayos. Imprenta y Edición «Ex Sylvis», Puerto Bertoni, A!to Paraná, Paraguay, 1916.
-Pueblos indígenas de Bolivia, Dick E. Ibarra Grasso, Librería Editorial “Juventud”, La Paz, Bolivia, 1985.
-Lenguas indígenas de América del Sur II. Morfosintaxis y contacto de lenguas. Marisa Censabella y Cristina Messineo, editoras. Sociedad Argentina de Lingüística, 2012.
-Reduplication: doubling in morphology. Sharon Inkelas and Cheryl Zoll. Cambridge University Press, Cambridge, 2005.
-“Reduplicación en el Yanomami hablado en el Alto Orinoco (Venezuela)”, Marie Claude Mattei-Müller,  Boletín de Lingüística, vol. XXV, núm. 39-40, enero-diciembre, 2013, pp. 126-152. Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela.
“Reduplicación y tipos de cuantificación en español”, Francesc Roca y Avellina Suner, Universitat de Girona, Estudi General 17, Revista de la Facultat de Lletres de la Universitat de Girona.
-Geographical Names. National Geospatial-Intelligence Agency, Bethesda, MD, USA. Consulta en línea en: https://geographic.org/geographic_names/
-Topónimos quechuas del Perú, Max Espinoza Galarza, Lima, Perú, 1973.
-Diccionario Geografico Estadistico del Perú, Mariano Felipe Paz Soldán, Lima, Imprenta del Estado, 1877.
-Perú. Gazetteer. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C. 1955.
“Toponimos de Chuani: ¿Organización y significación del territorio?” Gabriel Martínez, Anthropologica, del Departamento de Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1983, p. 51
Deductions Suggested by the Geographical Distribution of some Post-Columbian Words Used by the Indians of S. America, Erland Nordenskiöld, Göteborg, Suecia, 1922.
Diccionario Geografico de Colombia. Instituto Geográfico Agustín Codazi. Información en línea: http://www.igac.gov.co/digeo/app/index2.html
-Colombia. Gazetteer NO. 86. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1964.
Diccionario Jeográfico de Chile, Luis Riso Patrón, Imprenta Universitaria, Santiago de Chile, 1924.
-Bolivia. Gazetteer NO. 4. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C. 1955
-Diccionario Geographico, Historico e Descriptivo do Imperio do Brasil, Vol. I y II, por J. C. R. Milliet de Saint Adolphe, Typographia de Fain e Thunot, Aillaud Editor, Paris, 1845.
Ecuador. Gazetteer NO. 36. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1957.
Venezuela. Gazetteer NO. 56. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C. ,1961.
-Surinam. Gazetteer. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1974.
-Guyana. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1976.
-Paraguay. Gazetteer NO. 35. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1957.
-Spain and Andorra, Nro 51, Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1961.
-Nomenclatura Geográfica de España, Fermín Caballero, Imprenta de Don Eusebio Aguado, Madrid, 1834.
-Diccionario Geográfico del Uruguay, Orestes Araujo, Imprenta Artística de Dornaleche y Reyes, Montevideo, 1900.
Uruguay. Gazetteer NO. 21. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1956.
-Diccionario geográfico argentino con ampliaciones enciclopédicas rioplatenses, Francisco Latzina, Jacobo Peuser Editor, 3ra edición. Buenos Aires, 1899.
-Diccionario geográfico argentino (1877-1880), Fernando A. Coni, con prólogo de Romualdo Ardissone. Buenos Aires, Imprenta Coni, 1951.
“Toponimia de la República Argentina”, Romualdo Ardissone, Humanidades [La Plata,
1921], 3, 415-448. En Memoria Académica. Disponible en:
http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.1757/pr.1757.pdf
-Argentina. Official Standard Names approved by the United States Board on Geographic Names. Office of Geography. Department of the Interior. Washington D.C., 1968.


Hide picture