Parece mentira: un viaje por lecturas literales - Zancada
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Parece mentira: un viaje por lecturas literales

por Ignacio Vázquez

 

 

INTROITO

En un libro que se ha vuelto clásico, Pedro Salinas ensayaba una defensa de los “viejos analfabetos” ante el surgimiento de la figura del “neoanalfabeto”. La tesis del poeta puede resultar hiriente a más de un lector: Salinas sostiene que la mera alfabetización no garantiza, en modo alguno, la comprensión lectora, ni el buen gusto, ni la familiaridad con lo más selecto de la literatura. Que el consumo indigesto de selecciones de libros propiciado masivamente por una revista norteamericana no convertía a sus degustadores en lectores de clásicos, sino más bien en el sucedáneo de la distracción televisiva: una atención flotante que hace zapping sobre las páginas como podría hacerlo ante la pantalla. (1)

Algo hay, en el argumento de Salinas, que a los ojos del intelectual políticamente correcto pudiera sonar a petición de principio: ¿qué es el buen gusto? O dicho más técnicamente: ¿qué es eso del buen gusto, eh? ¿Quién puede afirmar “esto es selecto” y “aquello es cursi”? Y así podríamos seguir hasta la gran pregunta del autoproclamado poeta: ¿quién puede decir si un poema es bueno o malo? Sin embargo, conozco más de un avezado lector y poeta – un lletraferit, como bien se dice en catalán- que levantaría la mano para decir “Yo. Yo sí te puedo decir si un poema, al margen de la caprichosa subjetividad, está logrado o si pasa más bien por el lugar común, la mediocridad, el diario íntimo, la nada, la nada pretenciosa, o la nada plagiadora”.

A la noción de neoanalfabeto, correspondería asociar la de iletrado. De hecho, en el mundo angloparlante, las notas distintivas del iletrado concuerdan con el diagnóstico de Salinas:

Formerly, the term illiterate was used to describe someone without book learning or a liberal education […] In recent years, the term has been used to describe the condition of people unable to cope with printed materials relevant to their needs (functional illiteracy) and people unacquainted with the canon and conventions of educated populace (cultural illiteracy). (2)

Tres variantes considero dentro del espectro de la lectura literal:

a) Aquella que se halla inscripta en el texto. Un personaje es lector u oye leer (la diferencia tiene sus consecuencias) y entiende algo de modo literal.

b) Cuando el personaje del libro está inspirado en una persona real. Aquí la situación se complejiza ya que hasta para el texto más apegado a la realidad histórica, la persona concreta habrá de considerarlo ficción absoluta; es decir, mentira.

c) La tercera variante se deriva de la segunda, pero se ramifica hasta límites insospechados. No abarca ya a un individuo, sino a toda una colectividad. Un ejemplo fácil de reconocer, en el ámbito argentino, sería la reacción –y la memoria– de los habitantes de General Arenales a las novelas de Manuel Puig.

La tercera variante suele ser la más rasante en su interpretación y la más caprichosa en cuanto a su ofensa. Rasantes son los lectores de Puig que convierten lo verosímil en alusión directa. Al desconocer las convenciones de la narrativa o las gradaciones que van de lo verosímil a la sátira, o del realismo literario al programa de chismes, transforman la reacción subjetiva en “interpretación” y de ahí a la condena. Rasantes son los lectores de Néstor Perlongher o de Tomás Eloy Martínez cuando no aceptan otra Eva Perón que la estrictamente histórica, como si el relato histórico no fuera susceptible, también,  de resbalar por la ficción.

La tercera variante ni siquiera entra en el terreno de la falacia. Dado que su premisa, por darle un nombre inadecuado, es puramente emocional, no hay manera en que se adentre en sutilezas ni en distinciones. El estatus de la ficción no será distinto que el de la mentira o la difamación. En este sentido, los dos libros de Pierre Jourde que aquí vamos a considerar son emblemáticos.

Vamos a ver, en ejemplos, estas tres variantes.


EL EVANGELIO SEGÚN MARCOS DE J.L.BORGES

El sueño cayó sobre mí, como la parva sobre un jilguero.
Ricardo Guiraldes, Don Segundo Sombra

Este cuento escenifica, en su trama, una lectura literal. Si bien no se trata de lectores que impugnen el texto mismo, hay una situación de lectura. El personaje principal, Baltasar Espinosa, viaja a una estancia perdida en la provincia de Buenos Aires; el dueño viaja y queda en medio de la soledad y unos peones que apenas salen de su mutismo. Lluvias persistentes aíslan la estancia.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa.

No es casual que Borges haya elegido el evangelio de Marcos. Se trata del evangelio que pone particular énfasis en el aprendizaje de los discípulos. Un aprendizaje que implica superar la ignorancia inicial: “¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?”. La pregunta de Jesús tiene resonancia directa con el Salmo 115: “Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen” (Sal 115,5-6).

También podríamos citar la parábola del sembrador, donde se encuentra explicitada la variedad de auditorios. La semilla -esto es, la palabra divina- puede caer en tierra fértil, o la pueden ahogar las espinas, o puede caer entre piedras. Borges eligió precisamente el evangelio que hace mayor hincapié en la incomprensión. El fanatismo del calvinista y las supersticiones del indio pampa se equiparan.

Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. 

Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

La paradoja que plantea el texto evangélico es clara: aquel que no entiende es como aquel que, teniendo los órganos de los sentidos, igualmente no percibe nada. Aun más: puede ver y oír, y quedar sin comprender. Los Gutre oyen la lectura de la Bíblia, pero sería generoso -constructivista- afirmar que la comprenden. Cercados por las aguas -un signo que rápidamente comprenden-, los Gutre identifican al salvador posible, que vino de afuera. El relato concluye cuando los peones, exaltados, arrastran a Espinosa hasta el galpón para darle el mismo destino que Cristo:

Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.
Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. […] Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

Borges, como tantas veces lo ha hecho, traslada (traduce) una trama conocida por el lector a una escenografía local.


GARCÍA MÁRQUEZ Y EL RELATO DEL CHISME

Entre otras mentiras comunes tenemos la silenciosa: el engaño
que se hace simplemente quedándonos callados y ocultando la
verdad. Muchos defensores a ultranza de la verdad caen en tal
defecto, al imaginarse que no están siendo mentirosos si no
dicen expresamente una mentira. 

Mark Twain, Sobre la decadencia en el arte de mentir

 

En 1981 Gabriel García Márquez publica Crónica de una muerte anunciada. La truculenta historia del marido afrentado en su noche de bodas ante la inexistente membrana que atestigüe la virginidad de su mujer, y reafirme, de paso, su antelación viril; y que el autor del íntimo crhimen sea presuntamente Santiago Nasar, desemboca en una trepidante sucesión de intimaciones veladas, mensajes bajo la puerta, el vox populi de los corrillos.

Ángela Vicario era la hija menor de una familia de recursos escasos. Su padre, Poncio Vicario, era orfebre de pobres, y la vista se le acabó de tanto hacer primores de oro para mantener el honor de la casa. Purísima del Carmen, su madre, había sido maestra de escuela hasta que se casó para siempre. Su aspecto manso y un tanto afligido, disimulaba muy bien el rigor de su carácter. «Parecía una monja», recuerda Mercedes. Se consagró con tal espíritu de sacrificio a la atención del esposo y a la crianza de los hijos, que a uno se le olvidaba a veces que seguía existiendo. Las dos hijas mayores se habían casado muy tarde. Además de los gemelos, tuvieron una hija intermedia que había muerto de fiebres crepusculares, y dos años después seguían guardándole un luto aliviado dentro de la casa, pero riguroso en la calle. Los hermanos fueron criados para ser hombres. Ellas habían sido educadas para casarse. Sabían bordar en bastidor, coser a máquina, tejer encaje de bolillo, lavar y planchar, hacer flores artificiales y dulces de fantasía, y redactar esquelas de compromiso. A diferencia de las muchachas de la época, que habían descuidado el culto de la muerte, las cuatro eran maestras en la ciencia antigua de velar a los enfermos, confortar a los moribundos y amortajar a los muertos. […] [La madre] pensaba que no había hijas mejor educadas. «Son perfectas», le oía decir con frecuencia. «Cualquier hombre sería feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir».

Sobre la historia real que dio sustento a la novela, señala García Márquez:

Recuerdo que cuando conocí la noticia y sus pormenores, mi primera reacción fue de rabia, pues, por más que le daba vueltas y más vueltas, todo me parecía evitable. A partir de entonces, todos los testigos con quienes he seguido hablando se siguen preguntando cómo fue que ellos mismos no pudieron impedirlo, y en todos he encontrado tanta ansiedad por justificar sus actos de aquel día que he creído reconocer en esa ansiedad un cierto sentimiento de culpa. Yo creo que lo que los paralizó fue la creencia, consciente o inconsciente, de que aquel crimen ritual era un acto socialmente legítimo. (3)

En García Márquez vemos el terrible caso del lector que se lee como personaje. Miguel Reyes Palencia, el hombre que repudió a su mujer en la noche de bodas, interpuso en 1994 una demanda judicial contra García Márquez, considerando que le correspondía el 50 por ciento de las  regalías literarias y cinematográficas. ¡El personaje prácticamente se convertía en coautor! Pero lo increíble no termina allí: Reyes Palencia solicitó una indemnización “por la divulgación de su vida íntima y violación al derecho a la honra”, cuando fue él mismo quien salió a la palestra pública. El abogado defensor de García Márquez se vio en la obvia situación de alegar que Crónica de una muerte anunciada era una obra literaria y debía leerse como tal.


BUÑUEL POR LAS HURDES

¡Es tan real el paisaje, que parece fingido!
Oliverio Girondo

Buñuel, en su crudo documental, va a ofrecer el testimonio visual del abandono en que vivían los habitantes de la región. Ya se trate de escenas directas -como el descabezamiento de los gallos, la mujer con bocio o los enfermos de disentería-, o producidas, como la muerte del burro o de la cabra-, la cinta no va a dejar indiferente a nadie. Lo más curioso es que los primeros rechazos provinieron de políticos e intelectuales asociados a la República o incluso del prominente Gregorio Marañón.

El estigma que hasta el día de hoy pesa sobre la memoria de Luis Buñuel por parte de los hurdetanos, raya en el fanatismo. Lo curioso es que bastante antes de Buñuel viene la fama de Las Hurdes como región salvaje y desolada: desde Lope de Vega a escritores más próximos a Buñuel, como Miguel de Unamuno o el hispanista Maurice Legendre, cuyo libro Las Jurdes: étude de géographie humaine (1927) despertó el interés del cineasta por dicha región.

Había en Extremadura, entre Cáceres y Salamanca, una región montañosa desolada, en la que no había más que piedras, brezo y cabras: Las Hurdes. Tierras altas antaño pobladas por bandidos y judíos que huían de la Inquisición. Yo acababa de leer un estudio completo realizado sobre aquella región por Legendre, director del Instituto Francés de Madrid, que me interesó sobremanera. 

Aquellas montañas desheredadas me conquistaron en seguida. Me fascinaba el desamparo de sus habitantes, pero también su inteligencia y su apego a su remoto país, a su «tierra sin pan». Por lo menos en una veintena de pueblos se desconocía el pan tierno. De vez en cuando, alguien llevaba de Andalucía algún mendrugo que servía de moneda de cambio. (4)

Cuando Jesús Ferres y Armando López Salinas recorran Las Hurdes casi 27 años después de Buñuel, ya se encontrarán con otra realidad. La ofensa y el rencor hacia el cineasta eran unánimes. Nadie llegaba a comprender que gracias a las crudas imágenes de Tierras sin pan, propios y extraños se habían propuesto cambiar las cosas.


PIERRE JOURDE, PAYS PERDU

Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: /también la verdad se inventa.
Antonio Machado

La primera vez que leí a Pierre Jourde, pensé inmediatamente en el “efecto Buñuel”. El escenario no era Las Hurdes sino un minúsculo caserío en Auvernia. No estábamos en 1932, sino en 2007. No había taras endogámicas, pero sí «héredité alcoolique”. Comparten, además, el clima medieval del entorno (5). Sin embargo, la lectura literal era sustancialmente la misma. Vayamos al contexto.

Pierre Jourde, nativo de región de Auvergne, publica Pays perdu en 2003. El libro narra las exequias de una joven de 20 años del caserío de Lassaud, en la región de Auvergne. Es notable advertir que ya en este libro se detiene en la indiferencia ante la historia y ante la letra escrita:

La estela anodina, en el confín de esta gran calma, propaga tranquilamente su doble ironía fúnebre: irrisorio transcurso, del al ayudante y después a nada, algunos decímetros de la escuela comunal al cenotafio colectivo;  irrisoria población de muertos, unos quince, para este caserío que cuenta con un habitante. Allí están, todos juntos, apretujados bajo la misma piedra, sus casas se derrumban, sus nombres ya no tienen sentido ni son leídos por nadie. (6)

La inscripción de los nombres se halla casi borrada por la lluvia y el crecimiento del liquen gris. […] A veces nada, ni estela ni inscripción. ¿Sobre qué marchamos? Borrados todos los límites, los muertos están por todas partes y ninguna, no se respeta nada y se respeta todo. Como en todos los cementerios del entorno, […] reencontramos el mismo y mínimo número de apellidos, repetidos a menudo sobre diferentes tumbas, en ocasiones con idéntico nombre. Se diría que el país no cesa, desde hace lustros, de inhumar y reinhumar incansablemente a los mismos difuntos. (7)

En esta magnífica meditación ante la muerte, quisiera subrayar ese precioso detalle: muchas lápidas están ilegibles, cuando la función que tienen es la de proveernos información acerca del difunto o de increpar al posible lector con la clásica prosopopeya “Detente, caminante, y considera quién fui”. Un hecho curioso es que estas reflexiones, no borradas por la lluvia ni por el tiempo, estén allí, y que los ofendidos detractores de Jourde hayan pasado de largo.

Y lo cierto es que la palabra que les ofende resulta ser la única que comprenden: mierda. Dicha palabra funciona metonímicamente en los rurales detractores del libro: la parte vale por el todo. Toda la inmersión –mayormente visual y olfativa- en la bosta vacuna no ocupa más de 6 páginas en un libro de 167. El resto del libro se les escapa. Aun más: muchos -como se testimonia en La première pierre– confiesan no haberlo leído.

Pero incluso leyendo detenidamente esas 6 páginas, resulta evidente que los detractores de Pierre Jourde han escamoteado la totalidad, y con ella, el recto sentido del texto. Leamos:

Hay que entrar en los establos en invierno, para darse cuenta. Pero es en la primavera que la evidencia sale, se extiende, se intensifica,  prolifera: estamos en el país de la mierda. Presencia familiar, a tal punto íntima, que no se le presta, incluso, mayor atención. (8)

Sin embargo, pese al penetrante olor, el narrador no duda en afirmar, refiriéndose a los establos:

Es uno de los lugares del mundo que me resulta más familiar, uno de los que, también, prefiero. (9)

De este modo, a partir de esa lectura mínima y necesariamente literal se desarrolla todo el malentendido. Atascados en la palabra que desata toda una serie de resonancias ofensivas, el libro será reducido a signo de injuria.

Es llamativo que los detractores de Pays perdu no hayan reparado en que los signos visibles -y olfativos- de descomposición material son parte inherente de dicho paisaje. Esta descomposición natural es signo, a su vez, de la descomposición social que está en marcha. El éxodo rural, el abandono de faenas exclusivamente manuales, la estridencia televisiva, todo ello va mutando una sociedad cada vez menos aislada.


 LA PREMIÈRE PIERRE

A raíz de la recepción de Pays perdu  -o mejor dicho, de la simplificación de una lectura mal digerida-, en Cantal, la pequeña localidad de donde proviene Jourde, se desata una reacción irracional, reacción que le irá llegando al autor a través de llamados telefónicos familiares o de veladas alusiones verbales. Jourde responderá por carta a algunos conocidos, pero el clima de malentendido persistirá hasta hacer eclosión un día de 2005, en que Jourde, junto a su mujer e hijos visita el caserío natal.

La agresión verbal y física que vive la familia Jourde suma el ingrediente judicial, ya que el escritor entabla demanda contra sus agresores. Al convertirse prácticamente en una secuela de Pays perdu, La première pierre ahonda en aspectos del libro anterior: la figura del padre, un adulterio que viene de los abuelos, y una región que vive a otro ritmo que el de la ciudad. Un entorno y una sociedad que, como Calanda en Buñuel, hunde sus raíces en la remota Edad Media.

Un libro que pone al desnudo las ficciones interdictas de los lugareños; aquí la comprensión -como sostiene Davidson- es parte inseparable de la creencia. Intelligo ut credam, sintetizaría un escolástico auvernés.

Pero, ¿cómo hacer comprender tales cosas, en un universo de emociones y de ideas binarias? […] Todo resultaba una ofensa para aquellos que querían ser ofendidos. […] Pero en el pueblo, el secreto revelado es el propósito último, no hay nada más allá, la revelación agota el sentido en sí misma. (10)

Como bien señala Compagnon, los actos de habla ficcionales poseen la misma eficacia que los no ficcionales. Aquellos que se sitúen por fuera de la literatura, difícilmente sabrán distinguirlos:

Así, en la ficción, los mismos actos de habla son los que tienen lugar en el mundo; se plantean preguntas, se imparten órdenes, se realizan promesas. Pero son actos ficcionales, concebidos y combinados por el autor a fin de componer un solo acto de habla real: el poema. La literatura usufructúa  las propiedades referenciales del lenguaje, sus actos de habla son ficticios, pero una vez que se instalan allí, en la literatura, el funcionamiento de actos de habla ficcionales es el mismo que el de los actos de habla reales, por fuera de la literatura. (11)

 

Todo el episodio, absurdo y violento, sumado a las resonancias y distorsiones del mundo periodístico -amarillista o no-, condujo a Jourde a una comprensión más profunda del fenómeno literario:

Todo aquello, entiéndase bien, fabricado por el imaginario de cada cual, y sin relación ni con la realidad textual del libro ni con el detalle de los hechos […] Y es a partir de allí que has comenzado a comprender para qué sirve la literatura: para tratar de oponer, a todas esas ficciones rudimentarias, la complejidad de lo real. (12)


DIGRESIÓN OPORTUNA

Mas ya de prólogo basta, / porque es cosa incompatible/
en el prólogo alargase/  y en el asunto ceñirse.  

Sor Juana Inés de la Cruz

Mal que le pese a nuestra querida monja, vivimos una época en que la digresión resulta ser más relevante que aquello que se discute. Ahí están los comentarios de lectores en la edición online de los diarios o la digresión ad nauseam en los muros de Facebook para probarlo.

Dicho esto, lo cierto es que no nos queda otra opción que convivir con lectores literales. Las redes sociales -FB sobre todo- son un muestrario viviente de cómo la ironía se vuelve incomprensible si no viene acompañada de un sonriente emoticón.

No me siento propenso a la profecía, pero imagino que veremos ediciones online destinadas a lectores literales: Cervantes, Swift, Twain, Phillip Roth, transliterados en emoticones, simplificados, traducidos a la koiné de la trivialidad.


CONCLUSIONES

Los indios eran seres abdominales
José María Firpo

Toda lectura -cuando no sea meramente literal- debiera comportar tres rasgos:

1) La comprensión deberá, en gran medida, deberse al texto. Esto supondrá descubrir las estrategias de cada autor.

2) El contexto al que se alude se debiera poder inferir del texto mismo. Asimismo, deberíamos llegar a comprender por qué el autor elige aludir en lugar de explicitar o nombrar.

3) Las reacciones emotivas que nos provoquen los textos –ya se trate de entusiasmo, repulsión o hastío- no debieran llevarnos a extremos. La condena de libros en nombre de principios morales, ideológicos o religiosos no siempre supone una interpretación adecuada de los textos. O, dicho en términos lógicos, podrá ser una interpretación válida, sin ser necesariamente verdadera.

Ahora bien, aquel sujeto meramente alfabetizado que pretenda, sin más, devenir lector siendo iletrado funcional o cultural -esto es, sin haber transitado, gradualmente, etapas de progresiva aprehensión y comprensión de la cultura escrita-, manifestará siempre un desajuste semántico, una interpretación deficitaria y mayormente errónea. Será tarea de las instituciones educativas dejarlo en ese limbo de falsas creencias, otorgándole un título por su buena voluntad; o por el contrario, será la misma sociedad quien realice la criba pertinente.

Asimismo, la interdependencia entre pensamiento y expresión -preconizada, desde siempre, en el mundo angloparlante- debiera convertirse en un modelo a adoptar. Pero no como una receta más, encorsetada en el automatismo didáctico, movida por la urgencia de los resultados, sino como lo que debiera ser: una tarea que implica un tiempo de maduración, de crecimiento invisible, pero evidenciable en el largo plazo.

Hemos dado término a nuestro viaje. Nos hemos cruzado con iletrados imaginarios (en Borges) y con iletrados de carne y hueso: los detractores de Buñuel, el codicioso lector de García Márquez, los ofendidos no-lectores de Pierre Jourde. Salvo el lector del colombiano, los demás pertenecen a un ámbito rural. Esto no debiera llamarnos a engaño: la lectura literal abarca también las grandes ciudades; e incluso una franja de población con estudios universitarios, dato que nos debiera poner sobre aviso para no quedar tan solos. La crucifixión o la lapidación son algunas interpretaciones posibles.


AGRADECIMIENTO:
a Léonce W. Lupette y a Valeria Melchiorre por sus sugerencias en la traducción de los textos.
NOTAS:
(1) Recordemos, en apoyo de la tesis salinesca, el quirúrgico destripe que realiza Ariel Dorfman en Reader’s nuestro que estás en los cielos.
 (2) The Oxford Companion to the English Language, pp. 498-499, entrada illiteracy.
(3)  Los personajes de este relato, oidores literales, parecen confirmar el juicio borgeano acerca de otro libro mayor: El Martín Fierro es un libro bien escrito, pero mal leído.
(4) Luis Buñuel, Mi último suspiro (1982).
(5) Sobre el ámbito medieval en su Aragón natal, escribe Buñuel:
Se puede decir que en el pueblo en que yo nací (un 22 de febrero de 1900) la Edad Media se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Era una sociedad aislada e inmóvil, en la que las diferencias de clases estaban bien marcadas. El respeto y la subordinación del pueblo trabajador a los grandes señores, a los terratenientes, profundamente arraigados en las antiguas costumbres, parecían inmutables. […] Yo tuve la suerte de pasar la niñez en la Edad Media, aquella época «dolorosa y exquisita» como dice Huysmans. Dolorosa en lo material. Exquisita en lo espiritual. Todo lo contrario de hoy.
Al referirse a su tía, escribe Jourde:
Avec elle a disparu quelque chose qui venait tout droit du Moyen Âge, sans interruption, et qui n’existera plus jamais, le paysan des fabliaux et des toiles de Breughel […] LPP, p. 154.
Estamos, en ambas citas, ante esa “larga Edad Media” de la que hablaba Jacques Le Goff.
(6) La  stèle anodine, au fond de ce grand calme, difusse tranquillement sa double ironie funèbre: dérisoire parcours, de l’instituteur à l’adjudant et puis a rien, quelques décimètres de l’ école communale au cénotaphe collectif; dérisoire population de morts, une quinzaine, pour ce village qui compte un habitant. Ils sont là, tous ensemble, serrés sur la même pierre, leurs maisons s’effondrent, leur noms n’ont plus de sense et ne sont plus lus par personne. PP, p. 81.
(7) L’inscription des noms est a peu prés effaceés par la pluie et la croissance des lichens gris.(…) Parfois rien, pas de stéle ni d’inscription. Sur quoi marche-t-on? Toutes limites effaceés, les morts sont partout et nulle part, on ne respecte rien et on respecte tout. Comme dans tous les cimetières du coin, […] on retrouve le  même  petit nombre de patronymes, souvent répétées  sur differentes tombes, parfois avec un idéntique prenom. On dirait que le pays non cesse depuis des lustres d’inhumer et de reinhumer iniassablement les mêmes defunts. PP, p. 120.
(8) Il faut entrer dans les stables, l’hiver, pour s’en rendre compte.  Mais dés le printemps l’évidence sort, s’étale, saccroît, prolifère : on est au pays de la merde. Présence familliére, tellement íntime, qu’on n’y prête plus même attention. PP, pp. 134-135.
(9) C’est un des lieux du monde qui m’est le plus familier, un des ceux, aussi, que je préfère. PP, pp. 135-136.
(10)  Mais comment à faire comprendre de telles choses, dans un univers d’emotions et des idées binaires? LPP, p. 91-92. Tout était offense a ceux qui voulaient être offenses, p.  148. Mais dans le people, le secret révelé est le but ultime, il n’y a rien audelà, la révélation épuise le sens en ellemême, p.150.
(11)   Ainsi, dans la fiction, les mêmes actes de langage ont lieu que dans le monde; des questions sont posées, des ordres sont donnés, des promesses sont faites. Mais ce sont des actes fictifs, conçus et combinés par l’auteur pour composer un seul acte de lanfage réel: le poème. La littérature exploite les propriétés référentielles du langage, ses actes de langage sont fictifs, mais une fois qu’on entre dans la littérature, qu’on s’y installe, le fonctionnement des actes de langage fictifs est exactement le même que celui des actes de langage réels, hors de la littérature.                                 Compagnon, Antoine. Le démon de la théorie, p. 158.
 (12) Tout cela, bien entendu, fabriqué par l’imaginaire de chacun, et sans rapport ni avec la réalité textuelle du livre, ni avec le détail des faits […]. Et c’est à partir de là que tu as commencé à comprendre à quoi servait la littérature : à tenter d’opposer, à toutes ces fictions rudimentaires, la complexité du réel. LPP, p. 92.
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