Voces de Ecuador
Selección y breve ensayo preliminar de Fabián Darío Mosquera. Textos de Esteban Mayorga, Gabriela Vargas Aguirre, Juan José Rodinás, María Auxiliadora Balladares, Daniela Alcívar Bellolio y Gabriela Ponce
BAJO EL OJO ESCRUTADOR DE LA PERPENDICULARIDAD SOLAR. BREVE MUESTRA DE LITERATURA ECUATORIAN CONTEMPORÁNEA
por Fabián Darío Mosquera
…….La frase que da nombre a esta muestra de literatura ecuatoriana contemporánea corresponde al académico Esteban Ponce, quien en 2013 coordinó una colección de ensayos con el título de Grado Cero, en la que varios autores reflexionan, desde distintos emplazamientos disciplinares, sobre la condición “equinoccial” inherente a ciertas lógicas de producción epistémica, artística y discursiva dentro de y para la modernidad cultural. El libro regatea bien cualquier determinismo geográfico, cualquier filo-nacionalismo latente o manifiesto y, al mismo tiempo, permite volver a una vieja cuestión que acecha, como una especie de autorrepresentación metafórica, al campo cultural ecuatoriano prácticamente desde siempre: suele decirse, socarrona y un poco acomplejadamente, que escribir y crear desde una línea imaginaria -el Ecuador- implica lidiar con la pauta sostenida, parcial si se quiere, de cierta invisibilidad. En palabras más llanas: que aquello que se ha denominado, de manera por supuesto sigloveintista, literatura ecuatoriana, no ha gozado del reconocimiento, la difusión o el estudio crítico justo y pertinente a nivel internacional, a pesar de su notable calidad y complejidad. No corresponde escrutar aquí las razones editoriales, institucionales o históricas que justificarían esta conjeturada reticencia; yo podría decir, como mera impresión personal, que algo de eso es cierto en el terreno, por ejemplo, de la poesía del XX (uno toma dos o tres de las antologías poéticas más importantes dedicadas a la modernidad escrituraria latinoamericana, aquellas concentradas en consignar sus derivas formales y tonales post-simbolistas, post-vanguardistas o conversacionales; o agarra las antologías de connotación, por decir algo, eminentemente neobarroca, y no encuentra incluidos al monstruo César Dávila Andrade o al maestro Alexis Naranjo, pero sí a discretísimos poetas de latitudes más hegemónicas).
…….Ahora bien, no intento aquí, desde luego, una defensa literaria del estado-nación como eje regulador de las representaciones de una comunidad imaginaria, artística o civil, pero tampoco me resigno a asumir el gesto demasiado postmoderno de evacuación absoluta en lo que concierne a la noción de campo cultural nacional (la idea de un campo cultural nacional se metamorfosea, deviene porosa, llega a desarticular la homologación entre lengua y territorio, pero no desaparece… si un poeta peruano escribe sin conciencia de que hubo Vallejo, Varela o Wetsphalen ampliando los rudimentos de una literariedad que se vincula de alguna manera con un gentilicio, está perdido).
…….Digo todo esto considerando, también, que la “literatura ecuatoriana” ha sufrido variopintos etiquetados comerciales -vieja operación del mercado editorial sobre todo español- que, con falsos gregarismos identitarios, aplanan las diferencias más sustanciosas y significativas entre proyectos de escritura (pienso en este punto en lo que se membretó, en años recientes, “escritura femenina desde el Ecuador”, etc.). Los autores y autoras aquí incluidos -hijos, al fin de cuentas, de lo que queda del cosmopolitismo- manejan un repertorio de expedientes genéricos, retóricos y tematológicos muy amplio, y sin embargo escriben con la conciencia de hacerlo en y desde el Ecuador, permeados -más o menos explícitamente- por los debates ideológicos y estético-críticos (y también por la ausencia de estos, una ausencia reverberante) que han entramado las condiciones de (im)posibilidad para un campo siempre problemático.
…….En su poemario Atar a la rata, Esteban Mayorga aplica a la poesía un principio vanguardista-pugilístico. Del palíndromo inspirado en Perec parte hacia lo que, en el buen boxeo, propicia que el golpe resulte asertivo y efectivo: casi siempre debe precederle una finta rítmica, un efecto de irrupción/disrupción. Mayorga opera/oficia así incluso en el plano material primario: el lexical. Términos del argot quiteño ¿ochentero-noventero? entran en extraña combinatoria sintáctica con elementos de variada índole para apostar por la imagen jugadísima. Eso crea la sensación de nunca saber qué dirección formal y de semantización va a tomar el verso que se aproxima, incluso dentro de la coherencia temática del volumen todo (la revisita desgarrada al asunto de la paternidad). Se trata de un libro, en ese sentido, refrescante ante un cierto tipo de poesía cada vez más común (en el Ecuador, América Latina y, especialmente, en España), escrita a partir de micro-bloques de prosaicidad afectiva bastante anticipable. De allí que en la selección de Atar a la rata que aquí presentamos la referencia a Gerald Manley Hopkins signifique un guiño muy sugerente.
…….Gabriela Vargas Aguirre, por su parte, logra en Lugares que no existen en las guías turísticas, libro al que pertenecen los textos de esta muestra, su interesantísimo efecto de idiosincrasia poética a partir, más bien, de las palabras sencillas, aquellas que aluden a tribus objetuales y a circunscripciones naturales entre las que se ensaya una hermenéutica del sujeto siempre fallida, dolorosa: el río, la ventana, la casa, la vereda, la niebla, el fuego, los vasos, la piedra, los ascensores, la madrugada… Lo que enrarece el poema de Vargas Aguirre -lo que lo exonera de una engañosa simplicidad- es su notable sentido del ritmo y un ejercicio muy suyo de aglutinamiento significante (“Niñopared”), o de discretas -pero potentes- deconstrucciones y permutaciones sintácticas en las que un artículo puede ser un sustantivo o viceversa. En la poesía de Gabriela la torsión calculada e incandescente del lenguaje sencillo aloja el anhelo de un sujeto -tanto lírico como social y psicológico- por testimoniar la organicidad de su propio desvanecimiento: mujer-negativo-del-flâneur, estragada en rutas de incertidumbre que nunca hacen sutura en la percepción.
…….Juan José Rodinás es, quizá, el poeta ecuatoriano con mayor proyección internacional de las últimas generaciones. Lector contumaz de poesía y de teoría sobre el poema, maneja con solvencia registros heterogéneos y dicciones híbridas: oscila entre rasgos varios de la poesía norteamericana, las derivas meta-literarias, las modulaciones filosóficas y la tradición latinoamericana de la metáfora robusta. Aquí incluimos una selección de poemas en prosa -proveniente de su libro de 2010 Barrido de campo– que resustancia, con su calidad retórico-imaginística admirable, el proverbial recurso de la écfrasis.
…….María Auxiliadora Balladares ha trabajado su poesía en un paraje verbal a caballo entre la impronta conversacional y la revisión -o, más bien, la presentificación- de las vanguardias estético-históricas. Su obra entrevera cierto vitalismo erótico (en ocasiones de alcances materialistas post e incluso pre humanos) con una propensión observacional y crítica del Yo, lo que cristaliza un tono melancólico, extremado pero nunca estridente, que, en esta ocasión, ingresa en la esfera de la poesía civil: al amparo afectivo y ético, quizá, de su amado Roque Dalton, Balladares nos trae el conmovedor poema de largo aliento que compuso como homenaje a los Cuatro de las Malvinas, menores de edad afroecuatorianos asesinados cobardemente por miembros de la fuerza pública en el marco de los desastrosos planes de seguridad nacional del presidente Daniel Noboa.
…….Daniela Alcívar Bellolio es -aparte de una imprescindible narradora- un nombre propio de referencia a la hora de pensar la escritura de ensayo en el Ecuador. La aparición, hace más de una década, de su primer libro en el género (Pararrayos) constituyó una renovación teórico-estilística de disruptivo voltaje para un campo literario adocenado y, diríase, des-teorizado (con las excepciones del caso). A partir de ese momento, Daniela ha emprendido -como intelectual pública, autora y gestora cultural- esfuerzos muy significativos para revitalizar -incluso para recrudecer polémicamente- el debate en torno al ensayo como forma de articulación que hace emerger, en el mismísimo despliegue de su materialidad textual y conceptual, el objeto de su predisposición especulativa, ética y política. Aquí compartimos un exquisito texto sobre la espera, incluido en el libro Ciencia de objeto único, de reciente aparición.
…….El mejor registro de la escritura de Gabriela Ponce es, junto con el dramatúrgico, el del relato breve. Sus cuentos están colmados de atisbos elíptico-elusivos, de una particular forma de interpelación -a veces escabrosa y, al mismo tiempo, verbalmente elegante- a una otredad cuya opaca mostración parecería encerrar siempre el estatuto de lo definitivo, de lo irreversible: el abrirse paso de una epifanía, turbia y sutil, franqueando la pesadumbre de un mundo que parece esforzarse en obturarla. En el cuento que aquí presentamos -parte del volumen Antropofaguitas– Ponce logra resignificar una escena que bien podría haber devenido ripio insalvable (el de la sangre en la nieve), a través de una economía verbal y un oficio estilístico de yuxtaposiciones que cargan lo no-del-todo-dicho con densa materia imaginaria.
…….Por supuesto, resta decir que esta es una selección obviamente incompleta de un terreno literario de gran diversidad y riqueza, y que por razones de espacio y tiempo he dejado por fuera varios nombres que hubieran contribuido manifiestamente a la imagen crítica de la literatura ecuatoriana que pretendo esbozar aquí: la de un espacio para el pálpito exploratorio, en donde el riesgo es imprecación contra elocuencias predecibles y formas varias de la medianía estética.
ESTEBAN MAYORGA
X
Escucha runalita que te cuento que fuiste concebido como flecha
por las costras de mayo, sería por el once de un mayo recio
de exquisita gracia y travesura, como de estaño tembleque y nada más
un mayo por otro, qué más da si vamos a apropiarnos de las cosas
feas, sean las que sean, aquellas que solo con empeño utilizo acá para
intentar descifrar cuidarte y velar por tu sal y gracia, asegurarte algo
que yo no tengo ni comprendo
X
Estas imágenes me permiten entender lo que mi ego puede soñar
que mi vida está hecha jirones en mis sueños y si mis sueños
son así lo real eres vos, hervor rojo o hueco todo tú mi ser suco, puerco
mico y policía; el mundo tiene tantos niños como risas amarillas
han nacido desde siempre, antes del pasto y del frío incluso, y son del mar
aquellas algas frías que trepan por el agua a sofocos y a berrinches
por eso yo me digo: nace ya que esto no pasa dos veces, que no estoy
contento al pensar qué tipo de padre voy a ser sin palo ni piedra
X
Mira que tengo la boca chueca de pensar lo que vos vas a pasar
en esta realidad de hoy, voy mordiendo el aire de los nervios
al chupar voy mordiendo la botella y lamiendo los corchos y los tillos
como si fueran apios de metal, en aquellos apios metalúrgicos
está mi natural depravación, está mi boca chueca, está la droga; comer nabo
beber ponche, en los paseos ir tascando rebenques quebrados
por potros remotos, dejar en trozos con mi boca de bomba estallada
el papel de tu música
X
Di o haz, sal o pon, dale y lo que ves es lo que hay porque nacerás de dos
desconocidos que con los pelos viejos ya se besan y con las manos
de ancla ladrando zumbidos secos y sordos al papel escriben puras papas
a la luna; de ahí sales vos, que eres un dibujo que podría olvidar un
día y otro recordarte de la misma manera, recuerdo ya tus cejas sin verlas
cómo serán si las mías son largas y canosas? anchas como las
de mi esposa o finas como las de tu mamá? que no saques mis manos
de cerdo sucio y lindo nomás pido, que te guste el sofá roñoso
en el que te haré dormir el lloro, envuelto por olores de gato enrabiado
X
Cuenta tus andares y tus pensares que son solo modos de dar forma
al polvo que sujeta la noche, te voy a besar igual, vamos por ahí
a comer tunas sueltas y espinosas que no sean andinas: en este lugar había
creo, bueyes conversos tirando sin cese, tan medieval mi recuerdo
tan simple a la vez; igual te voy a mimar no solo con recuerdos sino con mis
colmillos negros de tandacucha, te voy a pelear con disciplina
a pluma mordida de humo, igual te voy a pegar con mis bíceps tentaculares
que van haciendo al suelo vibrar cantimploras
X
Te queda tender en alambre la ropa y con pasas desayunar cereal
con fustas llevar un caballo truculento por entre trochas culebreras
tal vez te toque desmayarte en estos tiempos de roca, tal vez despertar
aunque será en vano tu despertar una cicatriz, un martillo? algo tipo
gerard manley hopkins, quien dijo: no doubt my poetry errs on the side of
oddness. I hope in time to have a more balanced and miltonic style!
X
Cuando te portes mal te voy a castigar fundiendo pupitres en caldo
quemando mesas, tus cejas se pondrán rojas primero y luego puro
locro de hule poroso, quisiera sentir tu densidad y ver tus eternas nubes
sin corazón escudarse dentro de mí, lo que quiero decir es que me
da angustia criarte y que solo quiero que lo seas todo, que fluyas como
las venas del cráneo nada parecidas al azúcar, a la piola que ata a las
sartas de cangrejos ventilados por manglares idos
X
Beso tus claudias blancas y tu montón de pelos que enceguecen y llenan
mi cabeza de lodo helado, me preocupa pero te quiero y te digo
crece niño al compás de la noche endurecida entre bosques oscuros
y maduros, flacos entre montes empinados, quiero oír tu crecer
como el de los helechos cuando se calma el viso de la tarde y cuando sale
el tiempo crepitando
X
Záfate del complejo y del ardor manchado por crueles sentimientos
venideros y piensa en cuerpos de lluvia, mira cómo todos
son iguales en su manga de vientos que beben del suelo el musgo caído
que arde, que se va con las sombras de las cuicas mientras el mismo
viento abofetea las veletas oxidadas
X
Sufro al contarles a mis padres que voy a tener un niño, se alegran tanto
que se desmayan bajo la apretada vanidad del orgullo, se ven como
tigres flacos y torpes hasta que me desmayo yo, ahí se ven como lo que son
para que vuelva en mí queman mis labios filosos con antorchas que
hieden, me tingan y gritan, me echan agua y por fin me despierto para
que me conversen: qué ilusión un niño tuyo dice mi padre y dice
que es un nudo que brota de fiestas, mi madre dice qué ilusión un niño tuyo
y dice que es lágrima fina, o del escritor de lágrima fina, es que no
le oigo bien porque empieza a caer un aguacero en rachas de pus
GABRIELA VARGAS AGUIRRE
BATALLA EN LA ACERA ENTRE DOS
EJÉRCITOS DE TAPILLAS DE CERVEZA
Tengo un niño en el espejo que dice: no tengo huesos.
Carga su luto en botellas, las guarda hasta llenar su
mochila.
Dibuja un sombrero que es un pozo envuelto en papel
periódico.
Corta el lazo, empuja a su padre a la mitad de una aguja,
y se lava el apellido en la orilla de algún mar hecho de
charcos.
Niño sueña: su estómago es una pecera.
Llama, hace magia, colecciona animales solos.
Dirige, hace magia, recolecta pedazos, supera la sangre.
Entonces te presentas: caminas como un fantasma entre
el velamen.
Construyes una cometa que al crecer se volverá la piel que
acoge un hada triste.
Entonces:
yo veo un portal pequeño al fondo de un estrelladero,
donde se ha descosido los dedos y matado a sus mejores
generales,
donde se ha comido un mapa en blanco para ganarse un
puesto
junto a un árbol de alambres.
Niño y yo salvaremos un bosque de dientes de león,
que es también el parque donde un día estaremos.
Entonces sueño que le regalo la mitad de una caja.
Entonces, niño despierta
Mi niño nos viste para ir a la guerra.
N 0° S 0° ELEVACIÓN:
UN MAR EN LA ALTURA
Mi no lugar está encerrado en un,
encerrado y es un,
piedra sin piedra por qué…
Todas mis culpas acribillan las puertas.
No lugar es mi cama azul, sin mesa tiene flores invisibles,
platos descartables, comida para llevar hacia el nortesur:
mi lugar no es aquí pero cabe en la mano de él, o la de él
o más allá.
Mi lugar no tiene dirección.
Tiene invitados, son pájaros, tiene ventanas sin cristal,
botellas de cristal, palabras que salen de recuerdos
de cristal, un alfil cruzándose de pared a pared que
desaparece al llegar al rincón, en mi no lugar azul tengo
todos los perros del mundo.
Entonces construyo hacia adentro un sol, lo dibujo a mis
pies y es un ojo que enciende hormigas de papel, ojo sol,
un camino celofán, cenizas de un jazz o un blues para
dejar un rastro para algún día volver, volver para no
estar, no quedarme, no instalar. Fijar un clavo es hacer un
agujero en el aire.
Entonces construyo mis paredes. Entonces, la mirada de
un caballo que agoniza es el pasado: él, caminando lejos
con un paraguas rojo, pájaro rojo, pájaroel, que atraviesa
las sombras pegadas al asfalto y se estrella contra mí,
contra mi sien. Ha ocurrido un asesinato aquí, así como
si nada, así, nadie ha visto al muerto que cae, lentamente
sobre mi pared, infinitamente cae, mis paredes son
muertos infinitamente cayendo sin terminar de morir.
Entonces construyo mi techo, mi techo de agua, mi techo
de agua sucia que en el día hierve y me quema los pies,
moja mis adornos de cristal, una bailarina girando sin
pies, el gato muerto que es mi sofá, en mi techo de agua
las hadas y los grillos se ahogan por igual.
Hoy cuando desperté mi no lugar cambió de color. El
agua cayó y dejó de hervir, mis muertos cayeron de pie,
hoy cuando desperté pájaroél era pájarofue, mi no lugar
cambió, mi no lugar es otro.
UN MENDIGO LLAMADO
DAVID FOSTER WALLACE
Tengo, en las manos, un sol partido:
ojos que se interrumpen con el recuerdo de una casa.
Mi niño se desploma, cruza y acaba las vías,
como queriendo volverse un camino,
como si caminar fuera su marcha
o una guerra o, simplemente,
perder las manos buscando una llave en los bolsillos
o la válvula de un escondite de niebla.
La mirada en las puertas, en los ladrillos de las casas,
de cientos de casas y de mesas que no lo esperan,
que no sostienen sus piernas en las sillas.
Mi niño con su pan duro, los zapatos de siempre:
niño más alas que algodón o lino.
Niño frío y cemento: vereda de tierra.
Cualquier árbol es tu casa.
Cualquier árbol es tu casa, repites.
Pero casa es un traspié, una habitación que se esconde.
Entonces la calle, otra vez el hambre
y tú en silencio como un toro derrotado,
una fila de trenes arrastrándose hacia un puente
que se cierra.
No mires, ya no tendrás el aire,
no mires, no hay puerto, ni guerra, ni casa.
Mi niño sostiene un papel en blanco,
un espejo porque ahora el mar es mudo, blanco.
Niño que vuela, gira como un planeta frío,
muy frío, solo, muy solo.
ALEXANDER TROCCHI SE ALIMENTA DE
UN CABALLO
Si una lengua muere, de piedra, de muerte gris significa
que podré construir un puño para encerrarte.
¿Si una lengua es gris significa entonces que un elefante
derritió nuestro camino?
Un puente invisible es llegar a un quintal de sobras que
huyen
de un cenicero —vereda de cristal, nuestra hoy, por hoy—
hasta una casa de juguete, molida.
La pisada nos devuelve al zaguán, que es también hablar
en espiral,
o en blancogris como un ojo mirando al revés.
Si empiezo, entonces, a dejar crecer tu barba se incrustará
en tu mandíbula.
Si cuento, entonces, los esqueletos de las sillas enterradas
en el cemento, una piedra habitará tu mandíbula.
Si voy, si pienso: no tengo porque compro, incluso el viento
romperá tu mandíbula.
Huyamos de la esquina, reparemos un cerillo e hiramos
el cemento,
guardemos ese pequeño sol dentro de un caballo y su
hígado frío.
EL HUÉRFANO QUE SE HIZO PARED MIENTRAS USABA LOS ZAPATOS
DE JULIO CABRALES
Niñopared no puede, no: moverse es un trazado inerte, aún
puede mudarse dentro de sí, dentro de sí, funciona como
una lista de reproducción, en un eterno loop que construye
y destruye, construye y destruye, construyedestruye como si
fuera posible un corazón o un triple tambor que lo deje
caminar. Niñopared sueña con ese sonido.
Medir poco de ancho, medir más poco de alto convierte
a niñopared en un ojo solitario, un plano, uno solo, un ojo
soldado al pecho de un muerto. Mide su tiempo en los
pasos vagos, en las carretas que venden flores y helados:
en los carros que se quedan en fragmentos.
Niñopared sabe que la vida es solamente 5 metros y en ellos
está el sol y el cielo, pero de ahí el olvido, entonces solo
espera que alguien regrese a formatearle la fachada o su
espacio en blanco en el que lleva sus tatuajes de aerosol.
Entonces, alguien pasa y lo mira, esta vez debe ser de
verdad porque lo lee:
• Llega a casa antes de que no puedas caminar.
• Los libros son para mí y los unicornios para ti, porque
así lo ha
dicho mi madre.
• 1984: perros orinaron sobre mí, acariciarlos así se ha
vuelto mi territorio.
Entonces, niñopared sueña con la demolición de sus
piernas que es un solo, solito mismo cuerpo.
Entonces, ellos han de llegar, ellos con un trago cantando
“Breaking the Wall” encendiendo un fósforo que avisa la
llegada del humo que mancha su piel.
Entonces, me paro, entonces le digo que no caiga, que si
mira para abajo no tendré quien me acompañe a pedir
limosna al otro día.
MUDARSE TAMBIÉN ES DECIR ACÁ
PENSANDO EN ALLÁ
Me vuelvo el humo que sale de un saco vacío, de un solar vacío en el que los cigarros se vuelven las huellas, las pistas de un hombre locomotora, locutor de estaciones frías, locaciones ubicadas en lo seco de un día triste, de una lengua muerta, triste, libre de instrumentos que lento, muy lento, logran atrapar la luz que habitaba en un pez.
Mudarse es también decir acá queriendo decir “esta hoja está en blanco” que es también una pared por venir o estallarse volando contra un muro-cemento-papel, un petate vertical y estrellar todo lo visto como un ciego volador para entonces llegar a paredparedón, para entonces palidecer, seguir hacia “lejos”, aquí no hay mañana, “lejos”, no habrá aquí infinito o mañana cuando choques con todos los huesos y vuelvas a mudar de color. Entonces y sólo entonces gritar de niebla o humo, llenarse hasta nevar, entre el calor y el frío destruirse los pies, fundar un sueño en un ave llena de alcohol, disparando papel y cristal y decir aquí estuvo, aquí fuimos kamikaze gorrión.
Entonces, una pared deja ser pared y es un muerto, es decir, un exsueño, es decir: la interrupción de un mensaje aguasal que venía con la fuerza de una marejada azul gritándole a un niño que no suena pero aún quiere volar pero ya se ve solo en un cuadroprisión en el que canta sobre una casa imposible.
JUAN JOSÉ RODINÁS
EGON SCHIELE
Mujer sentada con la pierna izquierda levantada, 1910.
De pronto, contén a la muchacha en su vestido verde. Un color leído en el agua de un mar pajizo en lo nunca extinguible. Contén la rodilla contra la cabeza: piélago del aire. Me mira. “Pigmentaste”, digo “manchaste” las piernas. El temblor del dibujo: vacilante línea de la tierra. Creo en el rasgo, en la torsión que muestra el filo del hueso, la fístula de la noche encarnada en el tendón del hombro fugitivo. Torsión que tiembla incluso en claridad de aurora. Exhíbeme el cabello incendiado, gimiente. Temo al mundo, el mundo: esa carta navegada de la muerte. Firma: autorretrato del pintor oscuro. La inyección de la aurora arraigando hacia dentro del cuadro, estarciendo el sol. Desde la vulva entrevista y las bragas cubiertas, transparentes: el altar del inocente. Manos conteniendo el material del cuerpo, evitando la fractura de la nave del cuerpo, hasta los pies disueltos en el tan vacío pajizo de la tierra.
HANS HOFMANN
Bacanal, 1946
Sí, dime. Un leucocito púrpura sobre una esquina del lienzo. ¿Dónde vas leucocito? Taller de cromosomas y otras células penetrándose (lea el Génesis), cavándose. Lea los leucocitos jaspeados con trazos amarillos, rojos, en colores tachados, vuélvanse. Un fondo rojo. Sí, dime. Un fondo rojo, un color del dragón tras la muerte del tigre: tez de falo, óxido viviente. En boceto, una mujer piensa en los tintes raspándose, fregándose. Van, vienen las manchas. Sangran los leucocitos púrpura en el libro de sangre, en la summa de arterias. Glóbulos cavándose ahora son un hombre flotante sobre la fiebre ignorante de mi noche. El animal carmesí pasea bajo el sereno.
FRANCIS BACON
Tres estudios de cabeza humana, 1953
El don negro. El fondo llorado, veteado por la cola de un cuervo. Se apresura, ves, el movimiento: son tres tomas. Un cráneo morado sin ojos no pregunta. La corbata es un anillo para asir el cuello. Tira de la garganta. No, espérate. El traje negro sobre el fondo negro. Te veo la lengua morada. El cuello de la camisa blanca es el vacío de la vía láctea, el iceberg en polvo humano. Abriste la cabeza y luego tu lengua morada y, al fin, te veo los ojos. Al fin, la cabeza estrellada contra el cristal blanco, contra la esquina –lo sabemos por las líneas- y es una almohada. La boca deja ver uno o dos dientes. También el cuerpo es un fondo llorado. También todo. También el alma.
GOTTFRIED HELNWEIN
Artaud’s Song, 1986
Un disparo de sangre. Puede ser un clavel grueso sobre el codo arrimado del paisaje. Edificios en crayón: pigmento rojo estarcido en el fondeado blanco, en el azul del camino y sus ondulaciones hacia parte ninguna. Ondulaciones. No hay un cielo en esta cabina de realidad virtual, natal, brutal. Una columna azuleada. El poeta cantando sobre la banca de piedra con la mano clavada en el cuchillo de la espalda. El traje del sabio gutural. La boina del frentón oscuro. El animal conoce esa frente donde el parachoques daría a conocer estrellas. No ignoremos la importancia de la salud mental en los cuerpos demasiado corrientes. Retienes este clavel de sangre ahora para todo el cielo donde nada estará. Y la canción iría así: Gime por mí/ reconstruiré el hombre que soy.
JORGE VELARDE
Ritual, 1995
De todos modos, el cuerpo es diagonal. Navega en un estuario de sábanas. Mira el bordado blanco se pliega y es la orilla del mundo. La cabeza reposa en la almohada como un trapo de luz marrón. Parece que la cama fuese a caer, a hundirse contra la pared ligera. Ves, el muro hecho cielo de abismo, fondo esmeralda. Pliego de papel pajizo se coloca bajo el río de hielo triturado, de estrellas lavadas en saliva de cal. Bueno, el hombre horizontal mira el cuerpo y su cadera de media luna que sube: equívoco planeta de Diana. La mirada vertical, el hombre con chaqueta en óxido, no soñaría ese altar de cera (pabilo, las piernas encendidas y cruzadas, descruzadas, pabilo) como un cuaderno cuya abrasión oscura perdería el mundo. Agua, orilla de fondo. Abre la noche, clarísima, con otras manos. Las tuyas.
CAMILO EGAS
Dual, 1940
Supongo. Dos mujeres. La pelirroja cuenta un horizonte amarillo en su ojo abierto. Un ojo cerrado donde la demencia es un animal que se desgarra dentro de la camisa de fuerza. Blanco. La silla, lo sabemos, ilustra que alguien posa. Un lugar para habitar la criatura sanada. Efecto blanco de marfil o detergente. En lugar común se unen los labios rojos y el cuerpo de su madre de bata que pinta cielos amarillos junto a un cielo amarillo, dorador. Horizontes pulverizados en la gris excelencia del paisaje. Cerrado de pronto. Cerrazón abierta. Una puerta lograda en el rincón inhabitado del lienzo. Abierta sin salida. La luz que entra es un animal que se desgarra hacia dentro del mundo. Hacia fuera del mundo, un nombre de niña recrudece, golpea sobre la gruesa velocidad de nadie.
MARÍA AUXILIADORA BALLADARES
MARRUECOS
El gorrión apenas alcanza a esquivar tu pecho
Al levantar el vuelo
te mira a los ojos y casi pierde la cordura
Ve cómo de ellos brotan incontables perlas negras
que alineas con las lágrimas de un insecto
ahogado en una taza de té humeante
Supones que la confundió con un paraíso
neblinoso y desconocido
que quizás era viejo y le convenía la muerte
A un insecto que se va
lo extrañan el calor
las ventanas abiertas
la revuelta en el sembrío
Si tú partieras
los árboles te extrañarían
Se han acostumbrado hace tanto a tu peso y a tu voz
a que vivas sobre sus ramas
También los frutos
que caen a tus pies para que los recojas
te los lleves a la boca y les pongas nombres nuevos
Te echarían en falta los juguetes sencillos
que has tallado a lo largo de tu vida
Al pensar en ellos olvidas un poco tu tristeza
y doblas en silencio la mortaja
Cuando nadas
tus músculos imitan los rasgos de las nubes
Entonces el agua te atraviesa
y articulas los cristales dormidos en el fondo del río
No los quieres para ti
Te conforta entregárselos a otros
para que te conozcan y te quieran
dromedario vagando en el desierto
isla dentro de un angosto pozo
Tus ojos son la resbaladera del dolor del mundo
el pan agotado de todos los días
No suspires más en el flanco equivocado
niño hermoso
Titilan bajo el sol del mediodía tus orejas sucias
de esta tierra que les da sabor a los olivos
Oreja de perro negro salido de una cripta
Oreja de un camión patas arriba
desangrado
Tu balón arremete contra las columnas de mi casa
con cada golpe canto un arrullo
como si hubiese muerto un conocido
Si pegas tu cara al cuerpo de tu madre que reposa
pienso en el liquen del tiempo futuro
en las bromelias de mi bosque voluptuoso
Quizás te acostumbres a la presencia de tu madre
con los ojos cerrados para siempre
Quizás tomes pastillas por las noches para soñar que ella despierta
y se cubre el pelo con un manto de seda amarilla
El disparate sobreviene
las tardes en que sales a jugar con tus amigos
y se toman de las manos y sudan y se golpean
En su camino de regreso
salen de la nada
unos cíclopes enanos que huelen a cianuro
Parecen masticados por los colmillos de un lagarto
sus narices aplastadas por una puerta que se cierra
Así
desprovistos de belleza
los cíclopes los rodean con sus palos y sus hondas
Intentan atraparlos
pero ustedes vuelan
y atraviesan las cuevas por sus atajos secretos
en el segundo que produce la mejor sombra
Han aprendido a no respirar
a ser estatuas medio rotas
a pretender que han perdido
Llegan a casa sin aliento con las ropas rasgadas
Se sientan a la mesa
para beber un vaso de agua
Tienen que coser sus camisetas
y antes de dormir lavarlas
DANIELA ALCÍVAR BELLOLIO
LOS OLEAJES DE LA ESPERA
Para Benjamín. Para Amanda.
Absolutamente hablando, la blancura alude al lujo de preguntar, a la osadía de atravesar el baldío que es esta perra vida. Emocionante piedra el corazón. Como la luna, crece para poder menguar.
María Negroni

Más bien una historia sin peripecia de alguien sumergido en un escrutinio constante (Sergio Chejfec).
No es posible pensar la espera: aunque en la espera los mecanismos del pensar pueden volverse tortuosos o asfixiantes, aunque el pensamiento durante la espera pueda devastar cualquier imaginado fundamento subjetivo, pensar la espera pareciera una tarea fútil, meramente descriptiva, tautológica o hasta abyecta. Como ocurre con todas las experiencias fundamentales del cuerpo y del espíritu, para la espera el lenguaje no hace más que mostrarse afásico, insuficiente.
…….¿Se puede mostrar la espera? Durante ese largo y estricto aislamiento que una complicación temprana en mi segundo embarazo me impuso, me fue siendo revelada una dinámica afectiva, física y psíquica que trastornó mi cotidianidad y también el régimen de las imágenes que soy capaz de tolerar, en ausencia de toda distracción. Me pregunto si alguna vez se hicieron experimentos psicológicos en el eje de la espera: qué les ocurre a un cuerpo y a una mente obligados a esperar, detenidos indefinidamente en el tiempo sin su fluir. Iba a escribir en el tiempo muerto de la espera, pero ese tiempo está vivo, vivísimo, mucho más vivo que el de la distracción, la productividad, el trabajo, el conflicto, el encuentro, el proyecto. La espera, contrariamente a lo que podría pensarse, no se resume en un tiempo futuro que ha de concluirse. Lo verdadero de la espera es el presente puro, el instante en su duración extensa, todo eso que ocurre en lo imperturbable de la quietud. Se suele decir que el mal de nuestro tiempo es la simultaneidad, la distracción infinita, el mandato de la híperproductividad, la falta de tiempo, el estrés. Me pregunto, distópicamente, sobre un escenario que espejara este lugar común nuestro; cómo sería un mundo en el que el mal fuera el de la espera: billones de personas sometidas al presente más prístino, a la atención plena, sin horizonte por venir que empuje o dirija sus pasos, embebidas por alguna obligación invisible en el tiempo del esperar. Una espera, sin embargo, inmanente, liberada de sus causas y de su objeto: pura, autónoma. La referencia obvia serían Vladimir y Estragón, de Esperando a Godot. Pero en este escenario que imagino, la espera ha sido despojada de absurdo. Es anodina, plana, y la pregunta que predomina tiene que ver con lo que hace el tiempo en su extensión: un electrocardiograma de la espera, algo así como un panorama —el artefacto visual decimonónico—, algo que vaya mostrando de qué modo la espera muta y hace mutar todo en su despliegue. Digo despliegue a falta de una palabra más precisa: porque la espera no se desarrolla, no avanza. Pensar la espera a partir de su comienzo o su final es reducirla a lenguaje, subordinarla a un orden diacrónico que no tiene; que contradice, en efecto, lo que ella es. La espera sería lo contrario a la esperanza, no porque se le oponga, más bien porque está inmunizada contra ella: en su existencia más cruda, la espera desconoce otro tiempo que el suyo, soberano, sin vasos comunicantes.
…….Este es un ensayo muchas veces ensayado. He escrito cinco o seis comienzos y ninguno me satisface. Este será un ensayo incompleto, inconclusivo, un borrador quizá, y en esa medida —quién sabe— a lo mejor será el más ensayístico de estos textos. Es un bosquejo, o el rastro de una batalla perdida. Es también lo último que escribo para este libro, y el texto más procastinado del conjunto. Ha sido larga la espera para llegar a escribir algo sobre la espera, sin terminar desechándolo. Y ha sido también la coartada para no terminar un libro del que —ahora lo veo— me cuesta desprenderme. Quizá porque es un gesto de terquedad sigo llamándole ensayo: me he rehusado a renunciar a su escritura, aunque ella implique mostrar su inherente insuficiencia —y la mía. «El ensayo asume sin apologías la objeción de que no se sabe fuera de toda duda qué ha de representarse bajo los conceptos; detecta que la exigencia de definiciones estrictas contribuye a eliminar lo irritante y peligroso de las cosas que viven en los conceptos» 1.
Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
…………Ahí estábamos, por irnos y no.
(Antonio di Benedetto)
Christopher Herwig, Taraz, Kazajistán, 2002.
…….Quisiera dar cuenta de algunas de las formas de la espera. En la foto de Herwig, se parece a la pequeña ola que arrastra, lleva y regresa al mono muerto en el inicio de Zama, la gran novela de la espera. Es difícil articular adecuadamente lo que hacen esas curvas angulosas pegadas sobre un paisaje tan sordamente lejano: esa soledad diríase ontológica que aparece en algún paraje de Kazajstán. Las paradas de bus de todas estas fotos evocan la presencia humana, el imperativo de esperar que nos es común y, al mismo tiempo, por alguna alquimia hecha de puro paisaje, excluyen la posibilidad de que algo humano pueda verdaderamente aparecer, así sea en tránsito. El hecho de que sean construcciones de los territorios y de la época de la Unión Soviética le agrega a las imágenes un suplemento de lejanía, alguna conjetura posthumana: son restos con su propia agencia histórica, con su propio valor de testigos. Su silencio preserva, en la memoria impersonal de las cosas y de los espacios, incontables movimientos de lo vivo en su persecución de lo improbable, en abierta esperanza. De todo eso, queda solo la espera que no ha de cesar, descascarándose, incluso después de la desaparición de esos cuerpos sociales organizados alrededor de la espera singular de la utopía; incluso si algún día toda epistemología revolucionaria es finalmente borrada de la historia del mundo. Algo de aquel fracaso que aún reinterpretamos o al que todavía buscamos resistir se asienta en esas arquitecturas un poco abandonadas, en capas de sensible, anodina contigüidad temporal. Esos lugares yermos —pareciera que su misma existencia dependiera de estar desiertos— encuentran una puntuación paradójica en las breves edificaciones de las fotografías, desde siempre ya descascaradas. Son reliquias de un presente sin entidad, imaginario. En las fotos, parecieran haber nacido ruinas. Y la función que debían cumplir, como una fantasía sin objeto.
…….En Zama la espera es, al fin y al cabo, espera de nada2. Poco a poco, a fuerza de esperar, el funcionario venido a menos —y el relato, y el lector— ha olvidado qué es eso que espera, pero no ha cejado en ese impulso contradictorio, enervantemente estático. Esta es la verdadera pulpa de la espera: el olvido de su objeto (La espera el olvido, diría, sin comas ni conectores, Maurice Blanchot). Como notaran algunos, entre ellos J. M. Coetzee, Kafka está acá muy presente: la puerta al pie de la cual alguien espera existe solo para ese condenado, sumiso al acto inmanente de esperar y, más que guardar algún secreto cuyo valor le daría sentido a la espera, más que estar cerrada o aparecer inaccesible, lo terrible reside en que está entreabierta, y que lo que media entre este afuera y ese adentro es apenas lo colosal de una imposibilidad imprecisable, irremontable, pero propia.
…….Esa novela dedicada a las víctimas de la espera, que inicia en 1790 y no encuentra nunca —quizá aún espera— el momento preciso para terminar, muestra el titubeo ontológico entre la presencia y la ausencia, el núcleo siempre intacto que implica el esperar: quien conoce ese régimen otro del tiempo en que la espera se ha vaciado de objeto y, por tanto, de sentido, entiende probablemente la sórdida indiferencia de don Diego de Zama, su disposición abúlica que deviene eventualmente abyección.
El final de toda espera es la muerte. El problema no es solo quenadie sabe cuándo morirá, sino que en ese tránsito fundamental, el sujeto está ausente: la experiencia se vuelve imposible. Lo sabía Virgilio Piñera, que escribió un relato llamado «El que vino a salvarme», en el que un hombre que en su juventud vio degollar a otro hombre, vive obsesionado no por su muerte, sino por la imposibilidad de conocer con alguna anterioridad —por mínima que sea— el instante en que ha de morir. En ese sentido, envidia al degollado. Cuando este dice, cercado ya por sus asesinos, «Pero no van a matarme», conoce, con una anticipación de segundos, que va a morir. El narrador envidia ese modesto conocimiento y su vida se transforma en una espera aterrada, la espera de la sorpresa de la muerte. Cuando llega finalmente el asesino que ha de salvarlo de esperar, siendo ya un viejo de noventa años, sus últimas palabras, extraídas de la garganta que se desangra, son: «gracias por haber venido». En «La espera», relato de Jorge Luis Borges, un hombre anónimo que se hace llamar Villari, vive sus días en una pensión en la que la rutina es sencilla e indistinta, sobre todo solitaria. Alguna marca ocasional y sutil revela que se esconde, y que espera. El cuento termina cuando concluye la espera: cuando es hallado y lo asesinan. Antes de ese borramiento —ese fin de la espera—, pide que le den tiempo para darse vuelta y quedar de frente a una pared: «Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo, aguardarlo sin fin, o —y esto es quizá lo más verosímil— para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?» 3
…….O se trata quizá de ordenar los acontecimientos del modo correcto, el modo justo para que la muerte tenga, finalmente, lugar. En un poema también titulado «La espera», el mismo Borges escribe:
Antes que suene el presuroso timbre
y abran la puerta y entres, oh esperada
por la ansiedad, el universo tiene
que haber ejecutado una infinita
serie de actos concretos. Nadie puede
computar ese vértigo, la cifra
de lo que multiplican los espejos,
de sombras que se alargan y regresan,
de pasos que divergen y convergen.
La arena no sabría numerarlos.
(En mi pecho, el reloj de sangre mide
el temeroso tiempo de la espera.)
Antes que llegues,
un monje tiene que soñar con un ancla,
un tigre tiene que morir en Sumatra,
nueve hombres tienen que morir en Borneo. 4
…….El aplazamiento de la muerte —su espera, la espera— hace imposible el morir. Hacia el final de Zama, cuando pareciera acercarse el fin de la espera total que ha perdido su objeto, cuando unánimemente los hombres de Vicuña Porto, a quien Zama ha delatado, votan por su muerte, Porto sentencia la prolongación de la espera que, así, permanece infinita:
…….Los dieciséis se pronunciaron por mi muerte, a cara descubierta, mirándome a los ojos.
Pero el voto, único, de Vicuña Porto, era el más poderoso. Dijo que la delación tiene pena capital y la traición merece igual castigo, mas nadie puede ser ajusticiado dos veces. Dijo entonces que se muere antes de morir, padeciendo una muerte doble, por la mutilación anuladora.
…….Deduje que no, que él se equivocaba, porque aun sin brazos, sin ojos, podría comer raíces arrancadas con los dientes, podría rodar como un bulto hacia el río. Si me dejaban la vida, conservaría la facultad de elegir la vida o la muerte. 5
…….Aún poder elegir: prolongar la espera, ser extirpado del derecho a morir, estar condenado a lo imborrable 6. Si el lenguaje implica la muerte de lo que nombra (en la medida en que difiere al infinito la presencia y le otorga una significación y reemplaza así por un sentido su condición de ser), la imposibilidad de morir se cifra, en Zama, en la condena a una continuada proliferación de marcas de significado para una espera que hace mucho vació a su sujeto. Morir, para Zama, es tan imposible como crecer —recordemos el final de la novela y tengamos entonces presente que si crecer y morir es imposible, entonces el tiempo ha dejado de existir—: implicaría abandonar la espera y, en la medida en que ella ha perdido su objeto, en la medida en que ha devenido inmanente y se ha vaciado de horizontes y de expectativas, su conclusión se torna irrealizable. No es posible cejar en la espera. No es posible, por tanto, morir.
Y, sin duda, morir es nuestra preocupación. Pero, ¿por qué? Sucede que nosotros que morimos abandonamos justamente no solo el mundo, sino la muerte. Tal es la paradoja del último instante. La muerte trabaja con nosotros en el mundo; poder que humaniza la naturaleza, que eleva la existencia al ser, ella está en nosotros como nuestra parte más humana; no es muerte más que en el mundo, el hombre solo la conoce porque es hombre, y solo es hombre porque él es la muerte en devenir. Pero morir es romper el mundo; es perder al hombre, aniquilar el ser; es por tanto perder también la muerte, perder lo que en ella y para mí hacía de ella la muerte. Mientras vivo, soy un hombre mortal, pero cuando muero, al cesar de ser un hombre, ceso también de ser mortal, no soy ya capaz de morir, y la muerte que se anuncia me horroriza, porque la veo tal como es: no ya muerte, sino imposibilidad de morir. 7
Desde el fondo del mutismo, oye el esfuerzo de un lenguaje que procede de antes del diluvio y, en la palabra clara del concepto, reconoce el trabajo profundo de los elementos. De este modo se constituye en voluntad mediadora de lo que asciende lentamente hacia la palabra y de la palabra que baja lentamente hacia la tierra, expresando, no la existencia anterior al día, sino la existencia de después del día: el mundo del fin del mundo.
(Maurice Blanchot)
Christopher Herwig, Taraz, Kazajistán, octubre 2005.
Así como me pregunto qué le hace a un cuerpo la espera, me pregunto también qué es lo que le hace al espacio. Cuáles son las marcas, qué tipo de tiempo comprometen, quién es el sujeto de la espera si hablamos de un lugar o de un paisaje, si se trata, en esos casos, de esperas mediadas, si se espera, simplemente, en un lugar, o si se espera, también, con un lugar o, incluso, si el lugar espera. Para la tradición del pensamiento paisajero oriental, no existe, como para la occidental, una división estructurante entre espacio y sujeto, esa tensión que hace nacer para nosotros la noción misma de paisaje, sino que se trata de pensar una cifra de armonía basada en la mediación, el encuentro o la intersección entre entidades sin jerarquía, el espacio y el observador. En este tipo de aproximación teórica al problema del paisaje sería posible imaginar el espacio como un sujeto capaz de padecer la espera, y de manifestar ese padecimiento de modos particulares y legibles, ponderables. En la obra de Sergio Chejfec, fuertemente atravesada por la presencia del paisaje como dispositivo estético y narrativo determinante sobre el discurso del relato, sería posible identificar a los espacios como sujetos de la espera. Por ejemplo, en «El seguidor de la nieve», texto incluido en el volumen Modo linterna, el paisaje invernal de New Jersey despliega paulatinamente un tiempo-otro marcado por la levedad y la suave lentitud con la que caen sobre la tierra los copos de nieve, cubriéndolo todo. El narrador del relato (es difícil llamarlo protagonista, pues es el paisaje blanquísimo quien ocupa ese estatuto) es un observador atento y silencioso de las modulaciones que el paisaje sufre debido a la acción indiferente pero ininterrumpida de la nieve. En Chejfec, la cuestión de la visibilidad y la invisibilidad se juega enteramente en la superficie; la noción de fondo o profundidad está desterrada: el relato busca algo menos que propiciar la aparición de algún elemento en sentido filosófico, sin por eso ser capaz de desprenderse de la irrenunciable lógica narrativa —que en el caso de Chejfec responde siempre a una cadencia razonante y metódica— que demanda una voz y un espectador para el espectáculo de lo blanco. Este borramiento del fondo —que equivale a decir el borramiento de un sentido en tanto que significado para la narración y, en tal virtud, de un horizonte capaz de restituir, así sea en germen, un movimiento a tanta quietud— produce en el mundo un efecto singular, el efecto de la espera. En este relato, el silencio asociado de manera casi ontológica con la nieve, y la progresiva indiferenciación de los contornos de los objetos por acción de su caída constante y suave, configuran un paisaje que poco a poco se va tragando al sujeto, como si cayera de repente en uno de esos pequeños agujeros misteriosos que encuentra en la nieve y que no parecen haber sido provocados por ningún animal ni persona. Una progresiva indiferenciación de las marcas geográficas y culturales que ejecuta también sobre el personaje una suerte de metamorfosis, un devenir-paisaje que, como corresponde a la poética chejfequiana, no termina de concretarse nunca, pues el estatuto de todo cuanto existe —y todo cuanto existe, también la nieve, también los objetos, también los fenómenos atmosféricos, respiran y emanan vida— es el de la habitación del instante previo a la constitución de una identidad orgánica, es el de la inminencia, el de la extrema contigüidad, el de la línea móvil que insinúa la posibilidad, así sea fugaz, de la indiferenciación:
Incluso los copos veloces y oblicuos que cuando sopla el viento dibujan una red muy poco pacífica, y hasta caótica, tienen sin embargo ese mismo poder que él considera no exactamente hipnótico, sino sobre todo persuasivo, como si se tratara de una tranquila argumentación que busca convencerlo. Y en el extremo, a veces su ensoñación es tan meditativa, su actividad llega casi a cero, a tal punto que olvida estar contemplando la nieve sino al contrario, cree estar siendo observado por ella. 8
…….Así también, los muñecos de nieve que el protagonista va encontrando en los despliegues geográficos de sus blancas inquietudes irradian una conciencia silenciosa, la conciencia heterodoxa de las cosas que esperan:
Su sexto sentido daba de nuevo muestras de funcionar. Pero no tuvo más que fijarse durante unos breves momentos en el muñeco para saber que dentro de éste y, por lo tanto, suponía, dentro de cada uno, anidaba la voluntad de ser encontrado, de darse a conocer, y que esta hipotética, y por lo tanto indemostrable, manifestación de vida despertaba en el seguidor la habilidad para descubrirlos, constantemente dormida, y hasta ignorada, si la irradiación proveniente de los muñecos no la despertaba cada tanto. 9
…….La espera entonces transita aquí entre el paisaje nevado y sus formas transitorias y el seguidor de la nieve, es atributo y posibilidad de formalización de un mundo sin mundo, la forma de lo informe que ha olvidado que el futuro existe. Por eso, en los momentos en que el testigo y seguidor de la nieve empieza a adormecerse en atenta contemplación de lo blanco, imagina las grandes glaciaciones planetarias como letargos colectivos, universales olvidos de cualquier horizonte más allá de la espera: su hipótesis desecha o difiere los factores obvios de la supervivencia, y pone en el centro el tiempo repetido, tan inmóvil que llega a desaparecer, la espera sin fin. 10
Hay espacios que parecen exhibir las señales de la espera: los acantilados, las paredes de piedra que muestran la sucesión de eras geológicas que se han acumulado durante miles de años para ir formando cada leve capa de color y de textura. En Las solidaridades misteriosas, Pascal Quignard hace de la protagonista, Claire —una mujer de cerca de cincuenta años que vuelve a la costa bretona donde nació y rehace una vida olvidada en la que, curiosamente, parecería haber quedado en suspenso todo lo fundamental— una suerte de elemento más, si bien móvil y pensante, del paisaje lánguido y paciente del acantilado y el mar. El hecho de que finalmente desaparezca fundida con la roca y con las olas, como disuelta ahí sin violencia, aunque melancólicamente, hace pensar en un avatar más de una larga espera que se despliega de modo tan geográfico (y geológico) como subjetivo. Sus largos paseos por el borde del acantilado, su contemplación silenciosa y detenida de las olas del mar (en la que se puede adivinar el tránsito de muchos tiempos que encuentran poco a poco un lugar en el que dejar de moverse para simplemente pulular, intermitentes pero detenidos), su imagen también contemplada por coterráneos y el amante para siempre perdido, hacen pensar en una soledad constitutiva de quien espera, en la soledad originaria, ineluctable de los espacios de la espera. 11
Cada mañana, llegaba por mar para abrir la farmacia, y luego iba a Saint-Malo a recoger algún encargo de la víspera. Cada tarde regresaba por el canal. Pero desde el mar, también la miraba a ella, caminando por las rocas. Él también la veía errar y observarle. Él también la seguía con la mirada, hora tras hora, durante todo el día. Ella le veía igual, abajo, en el mar, añorándola, fingiendo pescar, dando vueltas, mirándola, pensando en ella, amándola y no queriéndola. 12
…….Toda historia de amor es una historia de espera. Nadie conoce mejor que el amante el agudo, lacerante esquirlado que la espera amorosa ejecuta sobre el tiempo. Todo se sale de proporción. Todo hiere. No hay paz para el amante en estado de espera y, diría mejor, estar enamorado es esperar. «La identidad fatal del enamorado no es otra más que esta: yo soy el que espera», escribe Barthes. Y más enfáticamente aun, porque enamorarse, por dichoso que sea el encuentro, es sufrir al otro: «¿Estoy enamorado? Sí, porque espero. Él, el Otro, no espera nunca».13 Barthes describe bien la angustia de la espera amorosa, de calidad infantil, irracional, y también de imposible conclusión —de ahí que sea innegable que, por fútiles y estereotípicas y repetitivas que sean sus anécdotas amorosas, Barthes experimentó el enamoramiento, y cabe ponderar la posibilidad de que, entonces, ese extraordinario acontecimiento que es el amor sea siempre, a la vez, único e intempestivo y fútil y estereotípico y repetitivo. 14
Roy Sigüenza: «amar es herirse de otro». Esa herida no se talla en ningún tiempo que no sea el de la espera. 15
En Pura pasión, Annie Ernaux narra —se trata de una descripción tan llana que perturba por la simpleza con que describe el sufrimiento de la espera amorosa— el tiempo que duró su amantazgo. Inicia así: «A partir del mes de septiembre, no hice otra cosa que esperar a un hombre: que me llamara y que viniera a verme». 16 En el relato, amar es esperar y esperar se asemeja a las etapas de una pasión casi mística: un martirio. Es muy apropiado el título de la novela. Pasión: según el diccionario, acción de padecer. La narradora cuenta, con pasmosa exactitud y con cierta distancia que solo es posible cuando la espera finalmente ha cesado —es decir, después del fin del amor, entonces en cierto estado de duelo, o en la calma con que se miran las ruinas después de un desastre que puso en peligro la vida misma—, el modo en que el tiempo que transcurre entre las visitas del amante —siempre imprevistas, siempre, por tanto, milagrosas e intempestivas y salvadoras, providenciales,en el momento justo antes de la pérdida total de la razón— está dolorosamente esculpido según los compases y las inextricables formas de la espera. Con esa lentitud desesperante, con esa indolencia. Los padecimientos de la mujer que espera a su amante se relatan con el tono de quien ha sobrevivido a la ondulación, a veces serena, a veces furiosa, de todo lo que ocurre en nosotros sin que lo sepamos cuando tenemos la suerte de someternos gozosa, involuntariamente a ese padecimiento cruel que es el amor, esa agonía sin la cual no tendría ningún sentido vivir. Y lo que narra es angustiante: esa acción de padecer pone al sujeto en una situación de pasividad, sin embargo activa, radicalmente activa, ante una ausencia insoportable, por breve que sea (en eso consiste la espera amorosa: en la muerte de todas las proporciones); en este caso, «atado al potro del tiempo» 17, lo que se hace, lo que se lleva a cabo es no (poder) hacer nada más que ser testigo de la propia acción de padecer, con la esperanza un poco alucinatoria —se la desea tan encarnizadamente que cualquier concreción tiene la estructura de la fantasía— de que el padecimiento llegue a su final. Al mismo tiempo, como dice Andrea Köhler, «a la espera le corresponde estructuralmente resistirse a terminar» 18. Condición paradójica, amar: un anhelo de presencia que se nutre de y vive por la ausencia del ser amado. Su tiempo no puede ser otro que el del esperar.

Es del amor que tengo miedo, querría que él no volviera jamás, pero no hago más que esperarlo, toda mi vida está suspendida en esta espera catastrófica. Ya no puedo más. Ya no llego.
(La paciente Mina Tauher a su analista, Anne Dufourmantelle – En caso de amor. Psicopatología de la vida amorosa)
Ursula Schulz-Dornburg, Erewan-Ararat, 2001.
Y ocurre algo similar con la espera luctuosa, que es siempre una espera amorosa, aunque radicalizada en la música de la sinrazón, estímulo primero del conjunto de dudas que dio inicio a este ensayo. Escribe Köhler:
El que espera baraja inconscientemente la posibilidad de ser abandonado. Porque la espera del que ama está vinculada con la escena original de la sobrecogedora ausencia de la madre. Solo un momento separa el tiempo en el que el pequeño considera a la madre ausente del instante en el que la cree muerta. Cada espera de la persona amada toca lejanamente esa experiencia y es memoria subcutánea de ella. 19
…….En una novela escribí —me permito la impudicia—: «Cómo la felicidad suele ser engañosa: los trances de intensidad parecen poder durar solo un instante, y somos capaces, en los raptos de alegría, de hacer de esto una verdad: que el acontecimiento es un relámpago. Pero es cuando acaece la desgracia, tan intensa como la dicha, que descubrimos de qué impertérrita duración está hecho el dolor, de qué pétrea materia está hecho el tiempo de la angustia». Es un pasaje que me parece justo, aun hoy. Me quería referir al tiempo inmediatamente posterior a la muerte de mi primer hijo, que recuerdo como el más indescriptiblemente inmóvil que haya yo experimentado. Denise Riley llamó al ensayo que escribió para intentar entender el duelo por su hijo El tiempo vivido, sin su fluir. De modo pasmosamente simple (pasma porque se hace evidente que ha perdido el lenguaje hasta el punto de la literalidad más plana, en su desespero por dar a entender lo que no tiene nombre), explica: «Es difícil expresar con palabras, pero absolutamente cristalina cuando moras en ella día tras día; la sensación de haber sido extraída limpiamente de tu tiempo habitual solo se vuelve problemática cuando intentas hacerla inteligible para personas que nunca la han vivido». 20 Entonces —en el duelo— entendí por vez primera lo que es la espera: vacía, inhumana. Y no tiene consuelo ni sanción. Cinco años más tarde, como ya he contado antes, me encontré en una situación paralela, pero no desahuciada: embarazada de mi hija que ya pateaba (veintiún semanas de gestación recién cumplidas), debía permanecer al menos seis semanas en aislamiento e incomunicación absolutos y totales si quería darnos a ambas la oportunidad de un nacimiento que no terminara con nuestras vidas. Esa cifra era la mínima, y era inconmensurable al mismo tiempo y encerraba una eternidad. En esa eternidad yo me dediqué a mirar imágenes del mundo y encontré esas paradas de bus en medio de la vastedad fotografiadas por Ursula Schulz-Dörnburg, que me llevaron a buscar otras del estilo, y me conmoví porque las encontré muy solas, muy cansadas de esperar, y no veía para ellas otro destino que no fuera el repetido silencio de las víctimas de la espera. Se van descortezando con paciencia y sin aspavientos, dóciles a los elementos de la atmósfera, a miles de kilómetros de mi jardín. Me sentí hermana de esas cosas inmóviles, inertes, tristes, pero incluso en ese profundo desasosiego de la espera que mezcla esperanza y tragedia y que pierde su objeto sin remedio, a cada momento, y así se vuelve absurda y llega a enloquecer, el latido de mi hija me permitía sentir compasión por esas edificaciones lejanas, me daba aún algo animal a lo que aferrarme, de lo que aún asirme, para convencerme de que la vida que en mí luchaba le daría a la petrificante espera un sentido que aún yo no podía ni siquiera imaginar. La espera duró once semanas completas y fue como un oleaje. Se parecía a las curvas de esas paradas de bus de los países de la ex URSS, detenidas en un fotograma contra paisajes helados y solos. La bajamar trajo otro paisaje, y entendí que la espera despojada de horizonte, ese país transparente que es un presente purísimo, la espera inconducente que es esta vida nuestra, contiene respiros breves —pero decisivos, sin los cuales no tendría sentido vivir—, y que de vez en cuando alguien se sienta en esas paradas abandonadas, y se cobija de la intemperie, y descansa.
GABRIELA PONCE
NIEVE
Para Manuela
En el árbol, que se levanta frente a nuestra ventana, posa, en una de sus ramas mojadas, cargadas de nieve, un pájaro rojo.
Yo tengo tos. La tos es fuerte, la siento como una pelusa que está flotando a ratos juguetona, a ratos desesperada, en mi pecho. Es una pelusa gris, de esas que gravitan en las esquinas de mi casa, enredadas entre pelos, pedazos de polvo y restos de nieve. En mi pecho se revuelca a gusto. No saldrá.
Afuera la nieve no ha dejado de caer, son días en los que se precipita como lo hace el tiempo, de a poco, pero con un trazo fijo, en cuya repetición habita lo diferente. Parados frente a la carretera, un hombre y una niña parecen divertirse al observar la caída suave y continua de la nieve, están desde hace días ya, soportando con sus manos abiertas, el frío.
De pronto nos miramos, todos nosotros, los que nos guarecemos del tiempo en esta casa. Nos vemos perplejos, sobrecogidos por un secreto sobre el que nadie va a hablar. Hoy somos muchos. Somos también menos que el año pasado. Han muerto dos. Gentes que cocinan manjares de la India y repiten palabras en idiomas extranjeros. Una fiesta que se fragua en el calor del baile que llega con el frío, cada invierno.
La nieve sí esconde un secreto. Y nosotros, todos nosotros, que somos tan diferentes, terminamos actuando de maneras similares, idénticas a lo que alguna vez fuimos. Danzando una misma coreografía en la que las manos se rozan alrededor de los fueguitos que hemos prendido en la cocina.
El niño corre a la nieve, a revolcarse en la nieve, mientras yo toso polvo gris. El niño ha bajado a jugar con la nieve porque la ha esperado con ansia, como la espera cada año desde que llegamos acá. Y ahora la emoción rebasa hasta el frío que hela. Y tal como cuando está en el agua del mar, metido por horas, congelada la cara, suspendiendo el tiempo, el niño suplica por más. Él siempre quiere más. No sabe de moderación. No sabe del tiempo y no se aburre con la repetición. Un rato más, insiste su voz quebrada. Yo, en cambio, a veces grito dentro de mí, con un agobio letal, que algo pase ahora mismo y que quiebre la repetición. Quiero descansar y expulsar la bolita de pelo que tengo bailoteándome en el pecho.
Ahora se suma el sol y los árboles hacen sombra, la sombra de su tronco en la nieve. Bendita la vida, qué bonito se observa todo. El blanco entero como un pliego infinitamente extendido hasta el horizonte. Blanco entero sombreado con ramas de árboles y pequeñas manchas rojas que caen en su interior trinando. Acompañando el paisaje, una funda de walmart cuelga en una de las ramas de nuestro árbol. Su sombra, como la de un cuervo dando trampolines en el aire, cortando la delicadeza del sonido con su movimiento rígido.
El padre del niño se acerca y me hace probar el nesquik que compramos ayer y que decía sugarfree. Está atestado de endulzantes. Horrible. Nos miramos y el niño dice que se lo pongamos al muñeco de nieve y salimos corriendo y vaciamos el tarro en la cabeza del muñeco y nos reímos, a carcajadas. Mientras el hombre al filo de la carretera, agarrando ahora la mano de la niña de pelo rojo, ríe con nosotros. El resto nos sigue, salen todos a resbalarse en el lodo blanco. De regreso a casa, mojados, exhaustos por el juego, nos acostamos sobre la estera gris a reposar mientras el sol empieza a caer.
En la noche vuelve el secreto a instalarse sobre el silencio. Se han ido todos y el niño descansa a mi lado. Siguen los pedazos de nieve cayendo en un susurro que acompaña su movimiento vertical. Entonces cierro el libro que habla de paisajes planos y mujeres con pelucas y con nombres de flor, lo cierro con una lágrima que cae muda y voy al baño. Me quedo ahí para no molestar al niño que se ha rendido al arrullo del blanco, me siento en la baldosa fría del baño para continuar con la lectura, hasta que llega el amanecer. El libro que leo relata, con precisión meridiana, la planicie en la que ahora vivo. El recorrido de la danza de las hojas en otoño que se empapa con la lluvia de noviembre, mientras los hombres y las mujeres sucumben a esta soledad posnuclear y mueren en gajo. Este lugar guarda muchos secretos. Un hombre parado al filo de la carretera sostiene de la mano a una niña mientras la nieve empieza a enterrarlos. El libro se ocupa de su vida, una vida vaciada en la que se ha perdido todo y entonces se ha encontrado la paz. En la escena final el hombre se deja mojar por las gotas del agua de noviembre y llora por el accidente en el que murió la niña. La niña que ahora resiste como un fantasma a su lado, al filo de la carretera, para ver la nieve caer.
Termino el libro mientras las lágrimas ahora salen a borbotones por mis ojos y siento el impulso de ir hacia a la nieve para depositar una ofrenda. Así pues, me quito la ropa, me quito el sostén, me quito el calzón que tiene una toalla sanitaria empapada de sangre. Me coloco un abrigo y unas botas y corro hacia la nieve, el sol se dispone a salir y asoma en el horizonte un destello cuyo verde no se parece a ningún otro verde. Me levanto el abrigo y miro un hilo de sangre bajarme por la pierna, me quito la bota, asiento el pie sobre la nieve y dejo que la gota de sangre llegue al suelo, se estacione en el blanco, le sigue un poco más de sangre, el destello es un rayito verde que ahora desaparece. En la nieve se ha formado un charco diminuto. Mi pie congelado. Aterida de frío me acomodo el abrigo, me coloco la bota y camino de vuelta hacia la casa.
El nombre del mundo. El secreto es el nombre del mundo. Su color es el blanco.



